“El mayor chiste a la humanidad es que los computadores han comenzado a pedirles a los humanos que demuestren que no son robots” (mensaje visto en Twitter).
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Posiblemente, luego de leer el título de esta columna, algunos de mis lectores pensarán que soy experta en temas de tecnología. No solo no lo soy, sino que me atropella. Por supuesto, Reconozco los enormes beneficios que esta, y más recientemente la inteligencia artificial (IA), le han traído y le pueden traer a la humanidad. Pero también preocupan las alertas que expertos, incluso los primeros desarrolladores de la IA, han comenzado a difundir por sus potenciales efectos negativos en diferentes ámbitos sociales, económicos, de los derechos humanos y políticos, entre otros.
Dada la cercanía de las elecciones territoriales en Colombia, revisé algunos artículos sobre el impacto que la IA puede tener en los procesos electorales y, por ende, en la democracia. En particular, me llamó la atención el artículo “Cómo la IA podría apoderarse de las elecciones y socavar la democracia”, escrito por Archon Fung y Lawrence Lessig, profesores de la Universidad de Harvard (TheConversation.com). Comienzan preguntando si la utilización de modelos de lenguaje artificial de la IA como ChatGPT puede inducir a los electores a votar de determinada manera o a no hacerlo. La habilidad de esta herramienta para producir mensajes y propuestas políticas hechas a la medida de los electores parece indicar que esta posibilidad es real.
Afirman que mientras plataformas como Facebook, Twitter y YouTube utilizan la IA para obtener más usuarios, no es de extrañar que operadores políticos la apliquen para cambiar el comportamiento electoral. Por ejemplo, enviar mensajes y mantener “conversaciones” con cientos o millones de personas, como hace con la publicidad comercial una vez reconocen las características y los gustos de los usuarios. Incluso, los mensajes no necesariamente deben tener un contenido político, sino maximizar el número de likes, y con ello identificar creencias, preferencias y posiciones políticas de los internautas. Esta es una estrategia que utilizan con frecuencia las “bodegas”, que no tienen reparos en difundir información falsa, porque saben que es muy difícil corroborar su veracidad y los usuarios no tienen los medios para verificarlo.
Esto puede desembocar en que la contienda electoral se convierta en una competencia entre operadores de IA y de quienes tienen los recursos para financiar estas costosas tecnologías, y que ganen los candidatos o partidos que “mejor las usen”. Es decir, que no necesariamente triunfen quienes tienen las mejores propuestas o quienes en otras condiciones obtendrían más votos por sus afinidades políticas y programáticas con los electores: escenarios en los que los ciudadanos acaben votando no por convicción o conveniencia, sino manipulados por la IA.
Ya es inevitable la utilización cada vez más generalizada IA como herramienta política. De ahí la importancia de que los gobiernos y las instituciones electorales diseñen políticas eficaces de protección de datos y de transparencia. Los reguladores de la Unión Europea y legisladores de California han reconocido que el uso de sistemas de IA y de las “bodegas” para influir en los votantes constituye un riesgo alto para la democracia y la autonomía de los ciudadanos y han comenzado a dar pasos para reglamentar su uso.