En el acto de instalación del Congreso de la República el pasado 20 de julio, el presidente Iván Duque de nuevo demostró un talante soberbio. Como ya había sucedido en el pasado, una vez terminó su discurso —más parecido a una emulación de “Alicia (o Iván) en el País de las Maravillas” que un llamado de unidad y reconciliación a un país que está viviendo una de sus más profundas crisis sociales, políticas y económicas—, se retiró del recinto cuando representantes de los partidos de oposición se disponían a usar su derecho de réplica. Como su nombre lo indica, esto no es una dádiva sino un derecho que como todos los demás debe ser respetado. Así al presidente no le guste o lo considere inocuo.
Una nueva “jugadita”, como la llamó en su momento el senador Ernesto Macías, que demuestra una vez más la incapacidad y ante todo la falta de voluntad del Gobierno y de sus copartidarios de escuchar a los que piensan diferente. Esta es una condición indispensable para comenzar un proceso de diálogo constructivo que permita llegar a acuerdos sobre los temas más críticos de la agenda pública. No en vano miles de ciudadanos que han salido y que seguramente seguirán saliendo a las calles a protestar exigen que sus demandas sean tenidas en cuenta. Exigen diálogo y no conversaciones de sordos.
Es muy significativo que los jóvenes de las primeras líneas estén reclamando ser reconocidos políticamente. Este hecho merece especial atención y no debe pasar desapercibido. Contrario a lo que muchos creen, esto demuestra que los jóvenes, quienes han sido los protagonistas de las movilizaciones, ya no son los ciudadanos políticamente indiferentes que muchos pensaban que eran. Quieren ser actores políticos. Entienden que es a través de la política como van a poder ejercer el poder e incidir en las decisiones sobre los temas que los afectan. Pero no es con la política tradicional, con los partidos que quieren cooptarlos, con las colectividades que no los representan. Son ellos los que están pidiendo la palabra. Ahora hay que escucharlos, apoyarlos para que se organicen, para que voten en las elecciones y ojalá muchos de ellos se postulen para llegar al Congreso y desde ahí contribuyan a reconstruir nuestra democracia. Una democracia en la que se respeten los derechos humanos, la separación y el equilibrio de poderes, las políticas de Estado, los tratados internacionales, donde el que piense diferente no sea visto y tratado como un enemigo. Pero ahora también es importante que tantos candidatos y candidatas que defienden esos principios democráticos depongan sus egos y construyan un proyecto político con propuestas que en lugar de seguir dividiendo a las minorías las conviertan en mayorías. Y que permitan fortalecer las instituciones, devolverles credibilidad y legitimidad.
El país tiene la oportunidad de renovar la política. Que no nos pase lo que está sucediendo en tantos países del mundo y en América Latina en particular, donde el populismo, la polarización y la crisis de los partidos políticos y de las instituciones los han llevado al caos y al autoritarismo. No más jugaditas que sigan debilitando la democracia.