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Con esta frase se justifican decisiones o comportamientos inadecuados o contrarios a lo que se ha predicado. Por ejemplo, colarse en Transmilenio, pararse encima de las cebras e impedir el paso de los peatones o no pagar los impuestos. Pero también la aplican, expresa o tácitamente, gobernantes, políticos y candidatos, que una vez en el poder, hacen o dejan de hacer cosas que antes criticaban y que se comprometieron durante sus campañas a no repetir. Estas no necesariamente son ilegales, pero no por ello dejan de ser cuestionables.
El ejemplo más inquietante, por sus implicaciones, son las declaraciones y cuestionamientos del presidente Petro a las Cortes, los órganos de control y el Congreso cuando toman decisiones contrarias a sus intereses o a los de su partido y las descalificaciones a los medios de comunicación cuando plantean críticas a su gestión. A esto se suma que estas afirmaciones las viene haciendo a través de Twitter, quizá sin medir las consecuencias que lo han llevado a rectificar o aclarar y generar confusión. Es cierto que muchos gobernantes utilizan Twitter para gobernar, pero con frecuencia los resultados han sido negativos. La ausencia de filtros y la inmediatez hacen que se convierta en un arma de doble filo, con consecuencias lamentables. Trump, Maduro, Erdogan y Bukele son solo una muestra, y su impacto en la institucionalidad y el Estado de derecho en sus países es evidente.
Pero hay otros, como la promesa que el entonces candidato hizo en el sentido de que no habría “mermelada” para garantizar la aprobación de proyectos en los órganos de elección popular. Nuevamente, esta práctica ha sido el modus operandi de casi todos los gobiernos y se está repitiendo en esta administración. Desde del Gobierno, las mayorías en el Congreso se construyeron con esta estrategia, lo cual le permitió la aprobación de algunos proyectos como la reforma tributaria, entre otros. Pero ante las dificultades para avanzar con la agenda, el jefe de Estado decidió romper relaciones con partidos de la coalición y los efectos comenzaron a aparecer. Algunos proyectos centrales para el Gobierno están en riesgo. La “mermelada” es escurridiza y dificulta la gobernabilidad.
Otro ejemplo más es la propuesta de campaña fue fortalecer la carrera diplomática. “Nos proponemos que nuestro equipo diplomático, en consulados y embajadas, sea mucho más profesional (...) y no simplemente, como ocurre hoy, que llegan los hijos de los presidentes, los amigos y las amigas de la clase política, algunos incursos en corrupción”, fueron algunas de sus palabras al respecto. No obstante, esto también se ha quedado a mitad de camino. De nuevo, otros presidentes lo han hecho. No necesariamente es criticable, aunque sí discutible, que haya nombramientos de políticos si estos recaen en personas que por su trayectoria sean idóneas para ocupar el cargo. Sin embargo, este no siempre ha sido el caso. Uno de los más criticados es el de Álvaro Moisés Ninco Daza, quien no tiene acreditación de un título profesional, como embajador en México, un país reconocido por tener una de las diplomacias más profesionales de América Latina. A esto se suman otros embajadores que tienen investigaciones por presuntos hechos de corrupción o de acoso sexual. En conclusión ¿si otros lo hacen, por qué yo no? no parece ser un buen consejo.
