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El caminante hacia la eternidad

Enrique Aparicio

30 de abril de 2017 - 12:27 p. m.

La entrevista duró más de una hora.  Juan (nombre ficticio) había solicitado la entrada a Xenia.  Tenía en ese entonces 33 años y una enfermedad degenerativa en los músculos. Los médicos le pronosticaron que le quedaba muy poco de vida. Es decir, una situación terminal.  La medicina conocida para estos casos no podía hacer nada.  Con unos padres de muy escasos recursos, su estadía y cuidados en casa se hicieron imposibles.  Al saber de la existencia de Xenia, una institución que sólo recibe personas cuya permanencia en este mundo está por acabarse sin remedio alguno, se le abrió una perspectiva alentadora de dónde pasar sus últimos días o semanas. 

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La creadora de este proyecto, Jacqueline Bouts, es una mujer que tiene la magia de hacer realidad los sueños, los ideales, pues finalmente Xenia fue un sueño hecho realidad.  Como enfermera especializada en oncología y hematología, trabajó en un hospital de gran fama, el de la Universidad de Leiden.  La sensibilidad producto de su experiencia en el trabajo, puso a funcionar su imaginación.  Su conclusión fue que la sociedad está preparada para dar cuidados paliativos a niños y ancianos, pero no a jóvenes de entre 15 y 40 años.  Ella crearía un lugar para ellos.

El sueño fue tomando forma.  Su esposo le dio todo su apoyo.  Un arquitecto de profesión y como dice ella, un artista.  Consiguieron el terreno en el centro de la ciudad de Leiden.  Empezó con recursos familiares dado que su padre, que ya murió, fue uno de los primeros donadores.  Ya con los planos, para construir las instalaciones consiguió a varios donadores importantes,  entre ellos a DUWO, que entre sus actividades está la inmobiliaria en el sector de los estudiantes.  La alcaldía y otras entidades dieron cierta ayuda asesorando y recursos para comprar equipo, muebles y demás.

Jacqueline, junto con los diseñadores, creó el ambiente de luz con claraboyas y ventanas, dándole claridad a los corredores y salas de “estar”.  Los colores pasteles en verde, blanco y rosado dan una sensación juvenil y fresca.

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En abril de 2014 abrió sus puertas Xenia, una casa con corazón.  El edificio de 2 plantas cuenta con 6 habitaciones. A simple vista parecería poco pero es necesario atender al sinnúmero de amigos y familiares que quieren acompañar a su ser querido.  Son momentos muy sensibles, a nadie se le limitan las horas de visita y hay casos en que los familiares se quedan a dormir.  La única regla básica que deben cumplir quienes son aceptados en Xenia es:  respetar a los otros huéspedes.

Oír a su directora irradia seguridad y compromiso con la idea.  Cuenta de varios casos donde los deudos han querido demostrar su cariño y respeto por el trabajo de Xenia invitándola a participar con un discurso en el funeral de alguien que terminó sus días en esta institución. Las expresiones de cariño y admiración de las familias que han tenido que ver con Xenia dejan en claro el acierto de esta institución.

Xenia no se puede definir como un servicio para la comunidad, es más bien una necesidad de entender y ayudar al ser humano que va a dar el gran paso y hacerle más placentero y menos doloroso esos momentos, días o semanas.   Aunque hay médicos y enfermeras, la mayoría de los servicios los ofrecen voluntarios, casi todos jóvenes, muchos de ellos estudiantes en la Universidad de Leiden.  Su energía, su alegría y su compasión hacen de este hospicio un sitio nada deprimente, todo lo contrario.

En griego Xenia quiere decir hospitalidad. Un sitio que al final de la vida no excluye la posibilidad de rodearse de circunstancias amables, que muestran el lado positivo de morir en paz.

Nuestra conversación con Jacqueline llegó su fin.  El sol de primavera invadía las instalaciones que acogen a personas con enfermedades degenerativas o terminales, para quienes la medicina no ofrece ya opciones.  Por eso a quienes entran a Xenia yo les pondría el nombre de caminantes hacia la eternidad.

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Que tenga un domingo amable.

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