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Corrupción a gran escala

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Ernesto Yamhure
27 de enero de 2011 - 04:23 a. m.
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GIOVANNI FALCONE, EL CÉLEBRE juez antimafia italiano, solía repetir una frase de John Kennedy: Un hombre debe hacer aquello que su deber le dicta, cualesquiera que sean las consecuencias personales, cualesquiera que sean los obstáculos, el peligro o la presión. Esta es la base de toda la moralidad humana.

Mientras cumplía con la obligación de perseguir sin cuartel a los narcotraficantes, éstos plantaron mil kilos de explosivos que detonaron al paso del incorruptible juez en una autopista de la ciudad de Palermo.

Desde entonces, Giovanni Falcone se convirtió en el ícono universal. Miles de jueces, policías, detectives y dirigentes políticos, al igual que él han entregado sus vidas en la lucha contra las drogas.

Los traficantes han creído que con bombas, sicarios, amenazas y, claro, su infinita capacidad corruptora, lograrán que la sociedad deje de perseguirlos. Grande equivocación.

Hace pocos días, el nuevo director nacional de estupefacientes (DNE), Juan Carlos Restrepo, le reveló al país que su gestión será doble: combatir a los narcotraficantes, dándoles por donde más les duele, es decir quitándoles sus propiedades. Pero también tendrá que luchar contra las bandas de políticos y funcionarios corruptos que en los últimos años se han robado los bienes incautados.

Hay 75 mil bienes en poder de la dirección de estupefacientes. Restrepo ha descubierto que entorno a ellos, se ha creado una mafia de abogados expertos en enredar los procesos hasta el punto que las propiedades pierden valor y terminan vendiéndose a precios irrisorios.

Y detrás de los abogados, están los políticos que encontraron en estupefacientes una inagotable veta de riquezas. La sinvergüencería llegó al extremo de que los cuadros decomisados —muchos de ellos de grandes artistas— fueron falsificados. Así, los originales están en las paredes de quién sabe cuál dirigente y las copias en las bodegas de la DNE.

La indolencia en el manejo de esas propiedades ha sido absoluta. Equivocadamente se cree que se trata de casas, fincas, caballos, carros, obras de arte, joyas y muebles de vulgares mafiosos, razón por la que quienes los administran pueden hacer lo que les venga. Eso no es así. Aquellos bienes son de la nación. El producto de la venta o el alquiler de esos muebles e inmuebles se invierte en la lucha contra el narcotráfico, en la atención de los soldados y policías que caen heridos por cuenta del terrorismo mafioso.

Quien vaya hoy a la DNE descubrirá que en los archivos de esa entidad no hay reporte de los informes de administración de miles de bienes incautados. Los tenedores temporales no reportan sus actividades y mucho menos hacen los giros que ordena la ley. Se inventan multimillonarias cuentas de servicios profesionales, para justificar unos gastos que, por supuesto, jamás se han causado.

Ese fue el panorama que encontró Juan Carlos Restrepo quien, como Giovanni Falcone, decidió cumplir con su deber, independientemente de las consecuencias que tenga que asumir. Las presiones sobre él deben ser muchas. Los políticos corruptos que tuvieron a la DNE como un banco personal deben estar temblando del susto. Ahí están las pruebas para que el Ministerio Público y la justicia hagan lo que les corresponde.

Esperemos que Restrepo y su equipo —integrado por personas impecables— logren terminar con éxito la gestión de depuración de una de las entidades más corruptas del país.

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