1'470.029 VOTOS OBTUVO EL PARTIDO Conservador en las elecciones de
Congreso de 2006, que le permitieron acceder a 18 curules en el Senado.
Fue la segunda fuerza política del país, por debajo del Partido de U,
que lo aventajó por muy pocos sufragios.
Ese es el caudal electoral que orgullosamente esgrimen para recalcar su condición de fuerza fundamental de la coalición de Gobierno. Pero, ¿esos votos sí son representativos?, ¿sí reflejan la pluralidad de un partido? Veamos. El Directorio Nacional Conservador está integrado por 10 miembros principales. De ellos, 4 son senadores de la República —Efraín Cepeda, Ciro Ramírez, Alfonso Núñez y Hernán Andrade—. Al hacer el simple ejercicio de sumar los votos de estos parlamentarios, encontramos que poco menos del 15% del total de la lista están concentrados en estos cuatro individuos. Como se nota, no estamos hablando de un partido pluralista, ampliamente representativo y abierto a la gente, sino de una empresa que le sirve a una minoría absoluta.
Los dirigentes más rabiosos, a los que no se les puede hacer la menor crítica y que son precisamente los que se sirven de su partido para permanecer en el poder, dirán que no son los responsables de la malaventura, y sí que lo son, porque permitieron que la suya sea, hoy por hoy, una colectividad rural en un país ampliamente urbano. Su fuerza electoral se concentra en los campos, allí donde aún se vota con disciplina para perros, pero en las ciudades, donde impera un electorado crítico que sufraga por propuestas, su presencia es casi nula. Está el triste ejemplo de las últimas elecciones en Bogotá. Del potencial electoral de 4,5 millones de votos, el conservatismo obtuvo menos de cien mil. Por poco lo derrota la secta cristiana MIRA.
Ahí está la foto para el que la quiera ver. Es negra y eso que no hemos entrado a auscultar los sórdidos terrenos de la parapolítica a la que están vinculados cuatro senadores, dueños de 225.610 votos —15,3% del total de la lista— y cuatro representantes a la Cámara que sumados obtuvieron 113.096 sufragios. Entonces, cuando manan sugerencias como la que hizo el Comisionado de Paz, se esperaría que el partido apelara a la sensatez y emprendiera una reestructuración que conduzca a la llegada de nuevas figuras como Rafael Nieto Loaiza, Juan Carlos Echeverry o el ministro Andrés Felipe Arias.
Lastimosamente, la reacción fue desproporcionada, descalificando, censurando y limitándose a recordar su sesquicentenaria existencia. Espero sinceramente que sean conscientes de que este no es un asunto de historia, porque si en realidad creen que son inmunes al escrutinio político por sus 158 años de vida, creo que los godos están llevados del diablo.
El tema trasciende los llamados a la memoria de Caro y Ospina, tristes próceres que deben revolcarse en sus tumbas cuando se registra que el “glorioso partido” que fundaron estuvo en manos de alguien tan bajo como Ciro Ramírez, de quien prefiero no hacer mayores comentarios y permitir que su biografía se encargue de hablar por él.
Que sea esta la oportunidad para que los conservadores, sin apegos personales, replanteen el rumbo de su colectividad. Los partidos son mucho más que sus congresistas, sus élites y sus clientelas. Hay que abrirles espacios a nuevas figuras, como lo ha demandado Juan Carlos Pastrana. Están a tiempo de alterar la historia para que en pocos años, millones de personas, tal y como dice su himno, se sientan orgullosas y felices de ser conservadoras. Ahora bien, si no son capaces de enfrentar con entereza el desafío que se les presenta, entonces la tesis del Comisionado tomará mayor validez y no serán los jefes sino los electores los que, por sustracción de materia, produzcan su disolución.