NO, ESTA COLUMNA NO TRATA LA historia de José William Ángel, Desquite,
ese bandolero que llenó de sangre los campos del Tolima y de la zona
cafetera y que inmerecidamente hace parte de nuestra historia. No, hago
referencia a la actitud revanchista de algunas personas que, sin razón
alguna, quieren culpar al Gobierno, cuando no al Estado, de sus
desgracias personales.
Yidis Medina, ciudadana que por carambolas de la vida y en virtud de una palomita que jamás se imaginó recibir, llegó al Congreso de la República en un momento de gran trascendencia. Se discutía la famosísima reforma que motivó encendidos discursos, despertó pasiones de aliados y críticos y que, a voto limpio en el marco de un debate democrático, estableció la figura de la reelección presidencial.
Desde el instante que Yidis votó a favor de la iniciativa, los opositores, dolidos por la derrota, promovieron la tesis de que la parlamentaria había sido comprada. Ella lo negó y, para evitar dudas, lo juró ante el Ministerio Público. Dicha declaración no fue suficiente. Continuó la manipulación, se grabaron declaraciones de ella que teóricamente permanecieron años guardadas en cajas fuertes. Los perdedores no se iban a quedar con la espinita; sabían que tenían que esperar y armaron el conato de zafarrancho, precisamente cuando el Presidente recibe fuego de alto calibre desde diferentes sectores.
Pasaron los años y Yidis, ingenua, contradictoria, inconsistente, fue nuevamente manipulada. Ya nadie se acordaba de ella. Su nombre, por lo singular, permanecía solamente en la mente de algunos pocos. Pero lo lograron. La convencieron para que se “desquitara” por el incumplimiento de unos supuestos ofrecimientos burocráticos. Le debieron haber dicho que su poder era omnímodo, que con sus declaraciones tumbaría al Gobierno y que pasaría a la historia como la gran moralista del país. Fracasaron. El tiro les salió por la culata. Ahora, Yidis duerme en una gélida celda del Buen Pastor y es cuestionada por amplios sectores de la opinión. Ya nadie sabe qué creer, porque las pruebas que en su momento dijo tener sobre el supuesto soborno de que fue objeto no han aparecido y mucho me temo que no aparecerán porque simple y llanamente no existen.
Pasando la página de los buscadores de revancha, encontramos a Luis Eladio Pérez, víctima del salvajismo de las Farc, grupo de sádicos inhumanos que le arrebataron su libertad durante seis insoportables años. Volvió a su hogar a encontrarse con los suyos y, ¡oh sorpresa!, Su rabia, su ira, su frustración por la abominable injusticia que los terroristas cometieron con él, las ha ido desahogando sutilmente contra el establecimiento, ese mismo que a lo largo de su secuestro hizo lo que en sus manos estuvo para que volviera sano y salvo.
Llegó a mis manos un documento que realizó el periodista colombiano Eduardo Mackenzie, en el que analiza la manera como Luis Eladio se ha dado a la tarea de justificar, de alguna manera, las acciones criminales de la gente de Tirofijo. Durísima y cruda la crítica que Mackenzie hace del ex senador, quien ha ido a París a decirle al gobernante francés que las Farc “son dignas de la confianza de los colombianos, pues ahora sí, ellas están pensando políticamente”, a la vez que sugiere que se les haga un reconocimiento de fuerza beligerante.
Mal, muy mal. El recién liberado, al decir popular, está buscando el ahogado río arriba. Contemporizando con las Farc no se logrará un ablandamiento de sus posiciones. Por el contrario, con mano firme es que algún día lograremos hacerlas entrar en razón. Que Luis Eladio no se desquite con Colombia. Más bien, que aprenda de Clara Rojas, quien no ha tartamudeado cuando de enrostrarles a las Farc su condición criminal se trata.
ernestoyamhure@hotmail.com