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Furia antilaureanista

Ernesto Yamhure

01 de diciembre de 2010 - 10:30 p. m.

HACE UNOS DÍAS SE CONOCIÓ UN EStudio de la fundación “liderazgo y democracia” que concluyó en un ranking de los presidentes de Colombia. La investigación, en la que participaron más de 20 historiadores, deja en el ambiente un mal sabor sectario.

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Llama la atención que en los 10 primeros lugares, sólo haya un espacio para un mandatario conservador —Carlos Eugenio Restrepo (1910-1914)— y que Álvaro Uribe esté en el puesto 20. El más popular de los gobernantes de los últimos años, quedó por debajo de Virgilio Barco quien fungió como presidente, pero no ejerció por razones de salud.

La revancha ideológica quedó de manifiesto con la ubicación de Laureano Gómez en el penúltimo lugar, olvidando que él ejerció la presidencia durante escasos 15 meses. Tal vez los investigadores no saben que Gómez Castro fue el primer presidente de Colombia en pavimentar carreteras. El 7 de agosto de 1950, día en el que asumió nuestro país, no había un kilómetro de asfalto. Fiel a su condición de ingeniero civil y consciente de que la infraestructura es el motor principal del desarrollo, emprendió el trazado y construcción del ferrocarril del Magdalena.

Dejó la Presidencia el 5 de noviembre de 1951 como consecuencia de un síncope cardiaco. Salió de la casa de los presidentes con la satisfacción de haber fundado a la empresa colombiana de petróleos, Ecopetrol.

Tuvo que gobernar a Colombia en medio de una terrible violencia partidista. El Congreso había sido clausurado por su antecesor en noviembre de 1949, como reacción a la balacera que se armó en la Cámara de Representantes. En las elecciones presidenciales de 1950, el Partido Liberal, que se veía abrumadoramente derrotado, alegó falta de garantías, razón por la que retiró la candidatura de Darío Echandía. Gómez, a pesar de la implacable oposición liberal —Lleras Restrepo les había prohibido a sus copartidarios estrechar la mano de todo aquel que militara en el conservatismo— decidió continuar con su solitaria y vilipendiada aspiración.

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El Senado eligió a Roberto Urdaneta para que asumiera en reemplazo de Laureano. Para nadie es desconocido que Urdaneta fue, sin lugar a dudas, el más incompetente de los mandatarios que ha tenido Colombia.

¿Por qué los investigadores de “liderazgo y democracia” no se tomaron la molestia de estudiar la cadena de fracasos del designado, quien ejerció como presidente durante más de un año y medio?

Para ellos, Alberto Lleras ha sido el mejor gobernante del país, calificación que muy pocos podrán controvertir. Fue él un republicano a carta cabal, pero también el coautor, con Laureano Gómez, de la paz entre los partidos políticos.

La violencia de mediados del siglo pasado pudo detenerse gracias a la grandeza histórica de esos dos atildados dirigentes que, dejando de lado sus profundas diferencias ideológicas, le devolvieron la tranquilidad a Colombia.

Es lamentable que la historia política pretenda borrar de sus anales la declaración de Benidorm y el acuerdo de Sitges, documentos redactados por Lleras Camargo y Laureano Gómez y que se constituyeron en la columna fundamental para la salvación de nuestra democracia.

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No es menos frustrante que quienes escriben la historia, lo hagan con tinte revanchista y con visión amañada, porque las próximas generaciones recibirán una versión que en nada se compadece con la realidad.

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