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AUNQUE SUENE A PEROGRULLADA, no está de más recordar el desgaste que han padecido los partidos políticos tradicionales.
Tanto el liberalismo como el conservatismo fueron engullidos por su propio apetito burocrático. Enceguecidas por las cuotas de poder, estas colectividades desplazaron a un último plano el asunto programático.
Esa atonía ideológica es la responsable del mal momento por el que atraviesan los partidos políticos, fenómeno que se repite en buena parte de los países latinoamericanos.
Hernán Andrade, presidente del Congreso y dueño de la quinta mayor votación conservadora —53.736 sufragios a favor suyo— ha propuesto que su partido, desde ya, renuncie a la posibilidad de ser una alternativa de poder.
Veámoslo bien. En estos siete años del gobierno de Álvaro Uribe, se ha recuperado la esencia del discurso conservador. No podemos decir que se ha gobernado con base en el programa azul, pues éste no existe y, si estoy equivocado, entonces las directivas de esa colectividad están en mora de desempolvarlo y de compartirlo con el país. Son siete años durante los que Colombia ha sido regida con apego a los principios teóricos del conservatismo —no neoconservadurismo como han querido insinuar algunos opositores radicales— que de alguna manera han revitalizado al partido que los enarbola.
También es cierto que los goditos han tenido una buena participación burocrática en puestos clave y eso hay que reconocerlo sin ambages. Las coaliciones, básicamente, consisten en eso: yo te apoyo y tú me das representación en tu gobierno. Fácil, práctico y mundialmente aplicado.
La combinación de esos dos elementos: reivindicación ideológica a través de la seguridad democrática y cuotas de poder en diferentes áreas de la administración hacen que el conservatismo, a diferencia de los liberales, esté en su mejor momento. Es algo así como una resurrección del partido de Caro y Ospina, razón por la que sería una gran tontería abandonar, desde ya, la carrera por el poder.
El senador Andrade simplifica la situación al decir que el partido no puede promover candidaturas propias y apoyar simultáneamente el referendo que busca abrirle el camino a una segunda reelección.
Su planteamiento pasa por alto una posibilidad que aún existe: el hundimiento del referendo. Puede que en el Senado, a última hora, no alcance los votos suficientes, o también podría suceder que la Corte Constitucional no le dé el visto bueno, o simplemente que a la hora de ser votado, no alcance el umbral de 7,5 millones de votos. También existe la eventualidad de que las circunstancias políticas de aquí a las elecciones de mayo del año entrante sufran un cambio sustancial y Álvaro Uribe, así esté facultado para hacerlo, resuelva no presentarse como candidato.
El conservatismo no puede abandonar la carrera por el poder mientras no se despeje el panorama. Las precandidaturas en marcha deben seguir adelante y en el momento en el que definitivamente haya que tomar decisiones, se adoptará la que más le convenga al partido, al país y a la seguridad democrática.
Por ahora, lo más prudente es continuar con el proceso de debate interno en el que hasta el momento están Andrés Felipe Arias, Carlos Holguín y Fernando Araújo. Andrade, por su parte, debería aprovechar su cercanía a Noemí Sanín y convencerla de que se retire de la Embajada en Londres para incorporarse a la lista de precandidatos conservadores. De seguro, ella le aportaría elementos muy interesantes a la campaña.
