EL URIBISMO ENFRENTA UNO DE SUS más grandes desafíos de cara al relevo en la Presidencia de la República.
Tal y como se preveía, Juan Manuel Santos ha dado señales claras de independencia que no significan, ni mucho menos, un rompimiento con Álvaro Uribe; se trata de una simple realidad: el santismo intentará escribir su propia historia.
Así las cosas, el presidente Uribe tiene ante sí el colosal reto de mantener la vigencia de sus ideas después del 7 de agosto. Como ex presidente, deberá emplearse a fondo para que su obra de gobierno permanezca en el tiempo y en el espacio.
Conocemos de su desconfianza por los partidos políticos. Desde que llegó al poder en 2002 sus más sinceros y desinteresados colaboradores le insistieron en la necesidad de crear una colectividad que recogiera e interpretara el sentir de la inmensa mayoría. Pero Uribe, sin que aún sepamos por qué, se resistió a hacerlo.
Surgió el Partido de la U como una manifestación coyuntural de cara a las elecciones de 2006, cuando el fervor uribista estaba en su punto más alto. El veredicto de las urnas fue colosal. De buenas a primeras, el naciente partido arrasó y se quedó con las mayorías en el Congreso; algo similar registramos con ocasión del proceso electoral de este año.
El proyecto uribista es más grande de lo que muchos alcanzan a imaginar. Se trata de una doctrina política de largo alcance, similar a la que a finales del siglo XIX lideró Rafael Núñez, quien logró la materialización de la Constitución de 1886 —esa que nos rigió por más de 100 años y a la que algunos han juzgado con miserable sevicia— gracias al Partido Nacional que fundó con la ayuda de Miguel Antonio Caro.
En su columna de El Tiempo, el ex asesor presidencial José Obdulio Gaviria recordaba esta semana cómo un político gris, mediocre, poco culto y harto populista como el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre pudo, gracias al APRA —Alianza Popular Revolucionaria Americana—, imponer una línea política que, pasados 80 años de su fundación, hoy ostenta el poder presidencial en Perú.
Aquello demuestra la fuerza intrínseca de los partidos, imposible de ser subestimada. Si una colectividad política con la atonía ideológica del APRA ha podido subsistir durante ocho décadas, un proyecto sustentado por las sólidas bases ideológicas del uribismo borraría sin mayores dificultades a los agonizantes partidos Liberal y Conservador.
El papel de Álvaro Uribe en la historia de Colombia no se acaba el próximo 7 de agosto. Es más, creo que aquel día es cuando comenzará a escribirse su capítulo. Se desprende entonces, que el deber de los uribistas consiste en llenar de argumentos al Presidente de la República para que salga de la Casa de Nariño rumbo a la sede del Partido de la U con el objetivo de asumir la dirección del mismo.
El año entrante habrá elecciones de mitaca y será el momento de consolidar las ideas de Uribe en los departamentos y ciudades más importantes del país. Con él en condición de gran jefe de debate de todas esas candidaturas, el país estaría frente a un escenario de apoderamiento del poder político local y regional por parte del uribismo.
En manos del presidente Uribe, más que en las de Juan Manuel Santos, está la seguridad y protección de los denominados “huevitos”. Sabemos que su aspiración máxima es que Colombia continúe transitando la senda de progreso que él trazó. Pues bien, para que aquello sea posible es fundamental que Álvaro Uribe esté a la altura de la responsabilidad política que tendrá que afrontar una vez deje la Presidencia de la República.