NO CREO EN ESE CUENTICO DE LOS buenos propósitos para el año que viene. De hecho, me causa una gran hilaridad la actitud sicológica de muchos —casi todos— que ven en diciembre la culminación de un ciclo de sus vidas, cuando sólo se trata del fin de un año.
Algunos hacen promesas, redactan listas de buenas acciones que, generalmente, se quedan en el papel. Otros, más avezados, elevan votos solemnes que a más tardar el 15 de enero pasarán al olvido.
Si me obligaran a renunciar a mis propósitos para 2009, lo haría pero haciendo la salvedad de que muy pero muy posiblemente no los voy a cumplir.
El primero de ellos será no apagar el televisor cada vez que en la pantalla aparezca la rubicunda figura de la senadora Cecilia López. Trataré de ser un poco más amplio de espíritu cuando me toque oír sus profundísimas disquisiciones sobre el acontecer nacional.
También, haré el esfuerzo de aceptar a Rodrigo Lara como un congresista y no como un atormentado niñito deseoso de que la opinión pública lo reconozca con el respeto que otrora profesó por su padre, él sí un hombre grande y brillante.
Cuando el alcalde de Bogotá comience a ejercer, trataré de aplaudir, por el bien de mi ciudad, las cosas positivas de su administración. Todo esto a cambio de que él, de una vez por todas, diga qué tan profunda es su amistad con el presunto narcotraficante barranquillero Carlos Alejandro Zambrano Stacey.
Prometo leer las columnas de Cepeda y no volveré a utilizar los artículos de Abdón Espinosa como eficaz herramienta para conciliar el sueño.
En homenaje a la actual señorita Antioquia, notaré al próximo reinado de belleza como un certamen agradable para el pueblo y no como un festival de mujeres de mal gusto en cuyas cortezas cerebrales no abundan las neuronas.
Distinguiré a Carlos Gaviria como un aburrido profesor y no como un fundamentalista dogmático e intolerante. Al senador Robledo no le volveré a decir que es un buey echado en medio del camino, porque reconozco en él a un hombre valeroso que está jugado por unas ideas, independientemente de que muchos creamos que están mandadas a recoger. A Petro trataré de percibirlo como lo que es: un político profesional que cada día se parece más a José Name.
Haré hasta lo imposible por convencerme de que los lectores de El Espectador que cada domingo me insultan no son unos sinvergüenzas, sino uno seres rencorosos que ven en el foro virtual de este periódico una alternativa para desahogar su ira contra la sociedad.
Prometo que me pondré al día en materia musical. Para lograrlo, compraré un CD de Juanes y me aprenderé las letras de sus canciones. Mejor dicho, en 2009 le bajaré un poco a los cantos gregorianos a cambio de una buena dosis de vallenato que me permita establecer las diferencias que hay entre Silvestre Dangond y Jorge Celedón.
El próximo año será definitivo en materia política. Más de un “uribista” dará la voltereta. Será el momento de reír cuando se cambien de tolda algunos y algunas que hace seis años se lagarteaban al precio que fuera una foto al lado del Presidente para luego ponerlas en sus vallas electorales. Cuando se les pregunte al respecto, cínicamente dirán que la política es dinámica y que su espíritu liberal es mucho más fuerte que la alianza que algún día hicieron con Álvaro Uribe. ¡Cosas de la política!
A todos un feliz año y si Dios y don Fidel Cano así lo desean, en 2009 nos seguiremos leyendo.