MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN HOJEA con parsimonia un mamotreto dorado: Erotica Universalis, del historiador Gilles Neret, en edición trilingüe de Benedikt Taschen, 1994.
“En Medellín no hay más de diez ejemplares de esta joya”, dice mientras contempla las ilustraciones con ojo clínico. “¡Maravilloso!”, exclamo, la boca echa agua, al ver un dibujo de Picasso: una mujer (de fácil virtud) está arrodillada ante un caballero muy digno y le hace una fellatio como Dios manda. Buscamos más obras maestras. Un cunnilingus, por Doré. Un coitus intermammarius, por Dalí. Un coitus legitimus, por Rembrandt. Un coitus profundus, por Klimt. Incluso un coitus miscegenatus o entre distintas razas, por Gauguin. “¿Por qué hablamos en latín, ah?”, pregunto. Ni siquiera suspira, enajenada con las estampas: tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, abigarradas orgías canónicas o sadomasoquistas. “Quite, a ver”, dice de repente y me arrebata el libro. Por un instante pienso que lo va a tirar a una hoguera, mejor dicho, al fogón de leña de “Mi Jardín”, la fonda a la que hemos venido a parar después de dar la vuelta a Oriente.
“Saber que, tarde o temprano, vamos a morir, nos llena de desasosiego”, dice. “Un buen antídoto contra esa angustia es el juego erótico”, agrega, no sin sabiduría. “Eros ha sido decisivo para la humanidad, pese a fetichismos, modas, mitos, censuras, represiones, inquisidores”. Hace un repaso por lo más clásico del arte erótico occidental: Egipto, Grecia, Roma, el Renacimiento, los siglos de oro, el marqués de Sade, la Revolución francesa, el romanticismo, la Revolución industrial. “Qué paradoja”, se queja en voz baja. “La burguesía culpabiliza y vuelve pérfidas a las mujeres, pero no tiene empacho en promover el exhibicionismo de sus genitales”.
Trago saliva. “¿Y el posmodernismo?”, digo, por decir lo menos. “Para eso métete a internet”, responde, burlona. “Hay miles… qué digo, millones de sitios porno en la web. Buenos, bonitos, baratos. Hasta Bob Esponja es usuario”. Menea la cabeza, súbitamente púdica, y se pone a hablar de Henry Miller, el escritor norteamericano que transfiguró la literatura erótica del siglo XX. “No le chocaba que le dijeran sátiro. Distinguía entre pornografía y obscenidad. Para él, pornográfico era lo directo, lo burdo, lo explícito. Y obsceno era lo retorcido, lo morboso, lo hipócrita”. Hace una pausa. “Por eso, quemar revistas pornográficas, como alguna vez hizo el procurador Ordóñez, me parece una obscenidad, una auténtica obscenidad”, dice. “A veces la gente no se da cuenta de lo que hace”, digo. “Empiezan quemando fotos de tipas en pelota y terminan quemando la Constitución”. Sonríe sin sarcasmo. “Al fin y al cabo ‘cada fuego es todos los fuegos, el primer fuego y el último que habrá nunca’, según sostiene Cormac McCarthy”, digo. Pasa la última viñeta con un dejo de satisfacción y me mira fogosa, la verdad.
Rabito de paja. “Dios lo hace todo: ha habido maquinaciones tenebrosas que fracasaron por favor de la Providencia”: Miguel Antonio Caro (1843-1909).
Rabillo de paja. “El sufragio universal inorgánico y generalizado interviniendo en toda la vida social para definir la dirección del Estado, contradice la naturaleza de la sociedad”: Laureano Gómez, 1953.