Huérfano de madre desde la incubadora, fui adoptado por mi abuela materna, Mamá Julia, y mis tías, las señoritas Valderrama, Tina y Genia.
Gracias a sus mimos y esmeros logré criarme y volverme escritor, novelista, por más señas. Si yo decía que quería ser escritor, los amigos de mi papá, mirándolo de reojo a él, que era escritor, me preguntaban “¿y tú de qué vas a vivir?”. “De lo que escriba”. Los cuchos se carcajeaban: “el que escribe pa’ comer, ni escribe ni vive”: maldición de la bendita Antioquia: sangre, sudor y lágrimas para los diferentes, los rebeldes, los escasos.
Pensé mucho en mis tías hace unas semanas cuando los estudiantes de la Institución Educativa Presbítero Carlos Alberto Calderón, en la vereda El Llano, corregimiento San Cristóbal de la Culata, a unos 11 kilómetros al occidente de Medellín, me adoptaron como autor en un evento previo a la 8ª Fiesta del Libro y la Cultura. Lo único llano en El Llano es la cancha del colegio. Lo demás son lomas y cañadas y cultivos de cebolla, que dan pan, techo y empleo a casi todos sus pobladores. Mis adoptantes fueron alumnos de séptimo a once. El más viejo, si mucho, va a cumplir 16 años. Sus profesores también son jóvenes: aman lo que hacen y hacen lo que aman: docentes de corazón y lectores por amor a la literatura.
Como mis novelas son dizque para mayores de 18, los chicos se concentraron en Rabo de Paja, esta columna, más de ficción que de opinión. Y, obvio, se enamoraron de Isabel Barragán, mamacita esquiva. Organizaron un estudio de televisión, en honor a mi oficio extraliterario de presentador de noticias, y dos de ellas, Amalia y Sofía Carlota, me entrevistaron con sagacidad, humor y conocimiento de causa. Después brindamos con agua de Jamaica, tomamos la media mañana y nos pusimos a hablar de libros, sueños, memorias y olvidos. Sus lecturas no son las típicas de adolescentes curiosos. Ya se leyeron todo Harry Potter y Crepúsculo, de Stephenie Meyer. Ahora están leyendo El verano feliz de la señora Forbes, de García Márquez, y Sobre héroes y tumbas, de Sábato. También a Cortázar y Opio en las nubes, del finado Rafael Chaparro.
Me sentí halagado, conmovido y feliz. Otros escritores de Medellín —Juan José Hoyos o Reinaldo Spitaletta, por ejemplo— vivieron adopciones similares y en sus testimonios hablaron de lo mismo: felicidad y esperanza. Con lectores así, como los chicos de El Llano, estamos salvados. Históricamente la lectura no ha sido asunto de mayorías ni en Colombia ni en el mundo. La lectura es incumbencia de la “inmensa minoría”, según rezaba el eslogan de la nunca bien lamentada HJCK. Pero si esas inmensas minorías se mantienen activas, tarde o temprano, Colombia recuperará el rumbo. O lo encontrará, al menos.
Sólo escritores muy alienados por la soberbia —esa fe anodina en la propia importancia personal— o por la vanagloria de sus publicaciones al gusto del marketing editorial, se atreven a rechazar estas adopciones estudiantiles, a las que califican de ridículas y pendejas. Allá ellos. ¡A mí que me sigan adoptando!
Rabito: “Una novela es una obra de arte y su perdurabilidad no proviene de injusticias milenarias o de interesados anacronismos”. Juan Gustavo Cobo Borda en La vorágine. José Eustasio Rivera / Breviario arbitrario de literatura colombiana, 2011.