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El teniente investigador Mario Conde es una joyita: bebedor de ron, fumador recalcitrante, mujeriego, paleolítico, escritor en ciernes, honesto, fanático de Credence, dinosaurios del rock.
Es triste, solitario y final, como una criatura de Raymond Chandler o de Osvaldo Soriano. En 1989, el año de la caída del muro de Berlín y poco antes del desmoronamiento (¡la implosión!) de la muy mamerta Unión Soviética, el Conde, según le dice todo mundo, va a cumplir 36 años y trabaja a las órdenes del mayor Antonio Rangel, el Viejo, “el mejor jefe de investigadores que jamás hubo en la isla”, su ángel guardián y también, en cierto sentido, su némesis.
Al Conde no le gusta rebuscar en archivos ni perder el tiempo con papeleos. Su proceso es inimitable: “los prejuicios eran como espinas en las manos y las certezas, en cambio, llegaban con un erizamiento en el estómago, punzante y molesto. Pero ambos funcionaban como semillas y, sólo si caían en terreno fértil, podían crecer y convertirse en dolorosos presentimientos”. Sueña con ser escritor, vivir en una casita frente al mar, escribir en el día y por las noches templar (o follar o hacer el amor, ustedes verán) con una mujer hermosa, voluptuosa y tierna.
Ese amor ideal tiene nombre propio. Es la estomatóloga Tamara Valdemira Méndez, de una sensualidad espeluznante, a la que el Conde ama y desea desde el preuniversitario. Amor que sólo entienden sus amigotes, compinches de ilusiones y desilusiones. El Flaco Carlos, que ya no es flaco y vive confinado a una silla de ruedas por culpa de un balazo en la guerra de Angola. Andrés, médico, casado, con dos hijos, que quiere irse para Miami. Candito el Rojo, exlumpen, evangélico o testigo de Jehová o trashumante de Cristo. El Conejo, tímido y sonriente.
El Conde deambula por La Habana, casi siempre en compañía de su asistente, el sargento Manuel Palacios, a la caza de asesinos, ladrones, violadores. Sus investigaciones nos revelan una ciudad compleja, sucia, al borde del abismo, a la que se ama con odio o se odia con amor. Y detrás, la isla: corrupción, racionamientos, abandono, desigualdades, una sociedad sodomizada por un socialismo opaco y mediocre. Cuba pa’ dura, la Cuba de Padura: Leonardo Padura: creador de Mario Conde.
Con su invención, Padura se ha vuelto un babalao de la actual novela policíaca en América Latina. Mario Conde protagoniza el ciclo Las cuatro estaciones con sus novelas Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño. Después, retirado de la policía y dedicado a la compraventa de libros de segunda (o libros leídos, como insisten los románticos), interviene en otras tres impecables historias, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La cola de la serpiente, perseguido por sus dudas y fantasmas más fieles: ser o no ser policía, amar u olvidar, escribir o emborracharse. ¿Volverá a sus andanzas? ¡Que las divinidades de la sabiduría lo iluminen!
Rabito: “Voy más lejos y más arriba; para mis ideas son ya estrechos los moldes sectarios; estoy vaciándolas en moldes nacionales, en moldes de patria. No sirvo ya para caudillo. Fui exaltado, pero ya soy conciliador”. Rafael Uribe Uribe, 1906.
