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Al bagazo, poco caso

Esteban Carlos Mejía

04 de diciembre de 2008 - 09:13 p. m.

AL FINAL DEL PRÓLOGO A LA PRImera edición de El Capital dice Karl Marx: “Acogeré con los brazos abiertos todos los juicios de la crítica científica. En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que jamás he hecho concesiones, seguiré ateniéndome al lema del gran florentino: Segui el tuo corso, e lascia dir le genti!”. El gran florentino es Dante Alighieri, cuya obra más famosa, La divina comedia, sirvió para acuñar el término “dantesco”: situación que causa espanto. Como los foros digitales de los periódicos.

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Creados para el intercambio de ideas, los foros se han vuelto un pandemonio de encapuchados virtuales, con nicknames extravagantes y pueriles, que buscan quebrarle la paciencia y dañarle la confianza a quienes viven para escribir y escriben para vivir. No se parecen al Foro romano, como quisieran sus mejores impulsadores. Ni al Parlamento europeo, en el que coexisten banderas de todos los colores, desde el verde ecologista hasta el negro fascista, pasando por el rojo ex comunista o socialista. No, en los foros, como en el Infierno y el Purgatorio de Dante, se amontonan hipócritas, cizañeros, envidiosos y furibundos, que se escupen, se hacen zancadilla y se amenazan mutuamente.

Para consolarme de tal disparate, pienso en los castigos que Dante alcanzó a ver en su tránsito por el “paraje del que nadie salió vivo nunca”. Los iracundos, por ejemplo, se hundían en un pantano hirviente y “se golpeaban entre sí no sólo con las manos, sino con la cabeza, y con el pecho, y con los pies, arrancándose pedazos con los dientes”. A los envidiosos “un alambre les horadaba y cosía los párpados, como se hace con el gavilán salvaje, porque nunca permanece quieto”. Los sembradores de discordia tenían la cabeza cortada y cogida por los cabellos, pendiente de la mano, “como si fuese una linterna”. Y, casualidad de casualidades, los hipócritas llevaban capas, “con capucha echada hasta los ojos”, de un dorado deslumbrador por fuera pero de plomo por dentro, tan pesadas y gruesas que los condenados gemían “como las balanzas crujen bajo los pesos”.

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Ahora bien, yo también tengo rabo de paja, ni más faltaba. Movido por el malestar o la desesperación, a veces me pongo mi capucha virtual y me meto a pelear con los foristas, sobre todo con los más literales, analfabetas e ignorantes, aquellos que agravian a un autor por su edad, juvenil o provecta, o por su inclinación sexual, homo o hetero. Inútil desquite. Al cabo de dos o tres lances me siento como los que critico: torpe, soez, imbécil. Gracias a Dios, me acuerdo de Marx y vuelvo mío su consejo: no hacerle concesiones a los prejuicios de la opinión pública. Suspiro, me salgo del foro, le pago a lo dantesco con el Dante mismo y repito en voz alta: “Sigue tu camino, y deja hablar a la gente”.

* * *

Rabito de paja. “¡Oh cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto!”. Paraíso, Canto XXXIII, 121.

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