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Félix Chacal Saldívar es asistente de archivo en los sótanos del Palacio de Justicia en Lima, Perú.
Jovencito, cándido, virgen, sufre la vida con apego a las manías más lívidas de la clase media. ¿Hombre bueno tira a pendejo? Su trabajo no le parece una esclavitud ni un desperdicio. Con placer redacta soporíferos oficios de tinterillo, deambula por laberintos de legajos judiciales, naufraga en los recovecos de la burocracia. Da grima, el pobre. Vive con su madre, viuda mojigata y rezandera. Quiere casarse con Cecilia, a la que después de meses de noviazgo aún ni siquiera ha besado. Es un ateo en fútbol, y eso en pleno Mundial Argentina-78. Sólo tiene un amigo, Joaquín Calvo, profesor universitario, jugador de ajedrez, confidente de no confidencias. Pero un mal día a Joaquín le pegan un tiro en la frente, un lunar de sangre entre los ojos. Y ahí las cosas se complican en La pena máxima (Alfaguara, abril 2014), de Santiago Roncagliolo.
Es, obvio, una novela policíaca. Hay un crimen, mejor dicho varios crímenes, y un criminal. Hay un investigador, el buenazo de Félix. A lo último, el crimen no paga y se restituye la Justicia, así, con mayúscula. La trama es sencilla, pero ingeniosa, zurcida con mucho cuidado y con la suficiente transparencia para que uno, como en las mejores novelas del género negro, vaya intuyendo el final del enredo. Y todo ello condimentado con una narrativa casi vertiginosa, ágil y directa, de amable y satisfactoria lectura.
La pena máxima empieza como comedia y termina como tragedia. Con la boca abierta vemos la ingenuidad de Chacaltana, sus casi inverosímiles apreciaciones sobre la realidad, su falta de marrulla, su garrafal miopía existencial. Con cuentagotas, Roncagliolo nos muestra la pérdida de la inocencia de Félix. A punta de ensayo y error, de severas y concisas reflexiones, el archivista se transforma en un investigador incisivo, aterrorizado, eso sí, por las cosas tenebrosas que descubre: las desapariciones, las torturas, las violaciones y los asesinatos de la dictadura militar argentina entre 1976 y 1983, incluido el rapto de bebés recién nacidos y su entrega en adopción a padres ocasionales.
No es la primera aparición de Félix Chacaltana Saldívar. En 2006, con el premio Alfaguara a cuestas, Roncagliolo lo introdujo al mundo de la novela policíaca con su auspiciosa Abril rojo, desgarradora reinvención literaria de la lucha antiterrorista contra Sendero Luminoso. Allí, Chacaltana es fiscal distrital adjunto en la provincia de Huamanga, en la Sierra peruana, en la Semana Santa del año 2000. Su ingenuidad es menos boba, digamos: es perversa. Y su desempeño es muy humano, o sea, muy contradictorio. Interesante (y grata) maniobra, retroceder en vez de avanzar en la vida de un personaje. Con un laurel adicional: la incuestionable superioridad de la ficción sobre la realidad. Ayer no más, Estela de Carlotto, presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, abrazó por primera vez a su nieto Guido Montoya Carlotto, desaparecido por los chafarotes hace 36 años. ¿Coincidencia o bibliomancia? ¡Salud, Roncagliolo!
Rabillo: ¡Ay, Dios! Ahora sí arrancó el castrochavismo neoliberal, el gobierno de la oligarquía comunistoide de Anapoima. ¡Nos llevó el que nos trajo!
