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Apetito perpetuo

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Esteban Carlos Mejía
03 de junio de 2011 - 11:00 p. m.
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MEDELLÍN ES UNA ETERNA PRIMAvera: sol, aguacero, solazo, chaparrón, y vuelva a empezar. Me cito con Isabel Barragán en la estación Exposiciones, del Metro. Mala idea.

Los vagones van llenos, con tortícolis. Un policía bachiller nos vigila desde su caseta. Dejamos pasar dos trenes seguidos y se arrima. “No se vayan a suicidar en mi turno”, dice con seriedad postadolescente. Después, sin pudor, le mira las tetas a mi amiga. ¿Quién no, Dios mío? Está vestida como el clima: mitad tórrida, mitad angelical.

“¿Qué estás leyendo?”, digo, para no gatearla yo también. Por esta época, intersemestral, le da pábulo al placer polifacético de la lectura. “De todo”, dice. “El arco y la lira, de Octavio Paz, sobre la revelación poética. Y Paradiso, de José Lezama Lima, insólito y bellísimo poema en prosa. ¿La leíste?” “Sí, a mis veintiún añitos”, digo. “Hace nada, pues”, dice, y se me ríe en la cara. El policía bachiller nos atisba, aún desconfiado.

“Me antojé por culpa de José Miguel Oviedo y su Historia de la literatura hispanoamericana”, dice. “Cuatro tomos imprescindibles y monumentales”. Hago mala cara: “¿Apenas cuatro?” Me desdeña con frialdad. “Y estoy encarretada con Breviario arbitrario de literatura colombiana, de Juan Gustavo Cobo Borda, recién salido del horno de Taurus”. “¿Atrabiliario?” “Al contrario. Es una amable colección de reseñas, desde El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, hasta Lejos de Roma, de Pablo Montoya, pasando por Novela con fantasma, de Darío Jaramillo Agudelo. Una miscelánea deliciosa, como todas las de Cobo. Se le coló, eso sí, un mal novelista, bogotano por más señas”. “¿Quién?” Baja la voz. “Pobre tipo”, digo, “la venganza lo corroe”.

Se nos pasa otro tren. El policía bachiller habla por walkie-talkie. “Mejor nos vamos”, digo. No se da por aludida “ ¿Leer ensayos estará de moda?” Me encojo de hombros. “Este puente me le voy a medir a La doble estrella. El surrealismo en Iberoamérica, de Raúl Henao, poeta paisa nacido en Cali. ¿O será al revés, poeta caleño de Medellín? Son textos y entrevistas poéticas, entre ellas, un encuentro con el mentado Octavio Paz y una charla con Juan Calzadilla, ‘ciudadano sin fin’. Un libro carnudo”.

“Last but not least”, dice, leeré “Premios Nobel latinoamericanos de literatura, de Pablo González-Rodas, profesor de literatura en West Virginia University. Son estudios sobre Mistral, Neruda, Asturias, García Márquez y, vuelve y juega, Octavio Paz. Me persigue ese hombre”. “¡Qué desorden el tuyo!”, exclamo. “¿Caos? Mera bibliomancia”, me replica, no sin engreimiento. Llega un nuevo tren. La agarro por el codo y la meto al vagón: hasta los viejitos (más verdes) se deslumbran con su fina exuberancia. El policía bachiller se pone un dedo en la sien y le da vueltas, como si le faltara un tornillo. Isabel le saca la lengua. Divina, también.

Rabito de paja: “Nada que quebrante intereses creados ni privilegios sostenidos en cualquier género de actividad, deja de provocar la resistencia de los privilegiados o la amarga decepción de los influyentes de ayer, que pasan a ser simples ciudadanos sujetos a la ley común, a la regla general”. Alfonso López Pumarejo, 1935.

Rabillo de paja: ¿Progresistas? ¡Qué nombre tan godo!

 

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