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Las elecciones de este domingo serán históricas, como siempre.
Y, además, inéditas. Por primera vez un expresidente de la República (en dos tandas, para acabar de ajustar) quiere ser senador. Mejor dicho, volver a ser senador, pues ya en la década del 90 cabalgó en una curul del Partido Liberal con su ponencia a favor de la Ley 100 de 1993 (“Por la cual se crea el sistema de seguridad social integral y se dictan otras disposiciones”), esa que daña sin remedio la salud de millones de colombianos.
Se despejará la incógnita. Al final del día sabremos si el capataz Uribe se quema o nos quema a todos. Si saca 40, 35 o 25 senadores, como fantasean los uribeños más frenéticos, la nación entera vivirá una hecatombe: a la berraca tratará de embutirnos otra vez sus tres huevitos podridos: la seguridad pseudodemocrática (exagerado gasto militar, falsos positivos, chuzadas), la desconfianza inversionista (TLC con EE.UU., implantación del Consenso de Washington, modelo Carimagua, Agro Ingreso Seguro) y la cohesión antisocial (Estado de opinión, “todo vale”, “le rompo la cara, marica”). Si, en cambio, apenas saca doce, diez o menos senadores, se le agriará el genio (¿más?), clamará venganza, insultará, amenazará, gritará y gritará y gritará, pesadilla sin fin.
¿Y el voto en blanco? Valiente embeleco. Como bien dijo Jorge Orlando Melo (El Tiempo, 4 de marzo de 2014, http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/jorgeorlandomelo/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-13595658.html): “votar en blanco sirve para apoyar a los partidos tradicionales que son los que rechaza quien vota en blanco, y para darles duro a los pequeños, a los nuevos, a los que tratan de dar una perspectiva diferente”.
Gracias a los dioses, entre la hecatombe uberrimista y la negligencia infantiloide del voto en blanco, ya escogí por quién votar. Para Senado votaré por Jorge Enrique Robledo (Polo, 1). Robledo es vertical e inquebrantable. Sus debates de control político a los gobiernos de “San Antoñito” Uribe y Santos han sido fulminantes. Toda la vida ha militado en una izquierda sin coqueteos ni devaneos ni nada con la lucha armada, el foquismo guerrillero o las Farc. A veces parece inflexible. ¡Qué tal que no! ¿Dónde estaríamos sin el dogmatismo de Robledo, sin su implacable oposición al neoliberalismo y sus fantoches, los juanmanueles de hoy y de ayer? Ahora propone, en otros temas, la renegociación de los TLC, algo que Colombia debe hacer por mera dignidad nacional.
En Antioquia votaré a la Cámara por Rodrigo Saldarriaga (Polo, 101). Rodrigo es director del Pequeño Teatro de Medellín, que, a pesar de su nombre, hace teatro en grande. Pensador indoblegable, llama a las cosas por su nombre. Al imperialismo, imperialismo. Al neoliberalismo, neoliberalismo. Al santismo, uribismo. Jamás se ha arrodillado ante nadie. Bueno, sí, ante William Shakespeare, cuyas obras se atrevió a montar y dirigir en una Medellín pacata, reaccionaria y fenicia. Tampoco es perita en dulce. ¡Siquiera!
Ojo: algunos votan mal el domingo y el lunes se amargan porque sus elegidos no gobiernan bien. Por eso, aquí les canté mi voto.
Rabito de paja: si viviera en Bogotá, votaría para Cámara por Germán Navas Talero (Polo, 101), otro crítico infatigable del Principado de Anapoima.
