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Ay, la mujer barbuda y la literatura bizca

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Esteban Carlos Mejía
04 de noviembre de 2011 - 11:00 p. m.
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Barranquilla —Curramba, la bella— es insondable, llena de secretos y curiosidades, leyendas ribereñas y cuentos callejeros, una ciudad mitológica por naturaleza.

No es casual, al menos a mí no me lo parece, que el mejor escritor de Colombia haya vivido allí sus años de formación. Ni tampoco que su compinche Álvaro Cepeda Samudio haya escrito La casa grande, pequeño gran texto, con el río Magdalena y Puerto Colombia a las espaldas. Quilla, Arenosa querida, tiene el indescifrable encanto de las metrópolis literarias.

Allá también ha hecho su obra uno de los escritores más insólitos de este país tan escaso en escritores insólitos: Ramón Illán Bacca. Acabo de leer La mujer barbuda (Seix Barral, Bogotá, 2011, 177 páginas), su más reciente libro. ¡Qué fábula! ¡Qué delicia! ¡Qué goce pagano! La narrativa de Ramón Illán es costeña sin ser macondiana, es exagerada sin ser extravagante. Impertinente. Espontánea. Jubilosa. Spencer Cow y La Chipriota, protagonistas de la novela, brillan con luz propia, marcados por el más puro y legítimo mamagallismo. Su visión torcida y retorcida de la realidad, sus agudos apuntes y su falta de escrúpulos ante la solemnidad y la mediocridad son incomparables. No voy a contar la anécdota ni, mucho menos, el final de la disparatada historia. Ni más faltaba. Debo advertir, eso sí, que se trata de un affaire entretenido y ambiguo, no apto para hipócritas ni santurrones. Gracias al humor y al desparpajo va más allá de lo escatológico y alcanza sobresalientes cumbres de inspiración.

Porque Ramón Illán es un maestro del esperpento. Ya lo había demostrado con creces en Deborah Kruel (1990), Maracas en la ópera (1999) y Disfrázate como quieras (2002). Y también, claro está, en Marihuana para Göering, su colección de cuentos de 1980. ¿Pero qué diablos es un esperpento? Es un estilo literario creado por su tocayo Ramón del Valle-Inclán, escritor español de la generación del 98, “en el que se deforma la realidad, recargando sus rasgos grotescos y sometiendo a una elaboración muy personal el lenguaje coloquial y desgarrado”. Una crítica implícita a la sociedad, pues. Creo que el cultor más refrescante del esperpento en la literatura hispanoamericana ha sido el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, cuyas novelas, desde Los relámpagos de agosto hasta Estas ruinas que ves, son tan hilarantes y descabelladas como las del mismo Bacca.

Con La mujer barbuda se comprueba, por enésima vez, que la literatura colombiana se escribe al margen, fuera del alcance de las matronas de la farándula cultural bogotana, con sus miriñaques de marketing y sus prejuicios capitalinos, esto es, provincianos. Y la de Ramón Illán, además, es una literatura bizca: deforma y reconstituye a su antojo la vida ordinaria hasta transformarla en una materia sustancialmente superior, de indefinible belleza y encanto arrasador. Por eso, Ramón Illán, fajate otra vaina así. Dale, pana, no seas tacaño con tus lectores.

Rabito de paja: “Nunca he visto que quienes aspiran, en sus empresas comerciales, a trabajar por el bien general, hayan hecho muchas cosas buenas”. Adam Smith, Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776).

Rabillo de paja: Y, al fin, el megafonito no funcionó.

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