Mi amiga Isabel Barragán me invita al Desfile de Silleteros. “¿Estás loca?”, le digo. “Por lo menos hay quinientas mil personas en las calles”. “¡Solterón!”.
Estamos en mi apartamento. Va vestida como una exreina de belleza: shorts, camisola de seda, sandalias. Creo que su figura deliciosa y bronceada va a corromper más de un noviazgo. “Mejor dime qué estás leyendo”. No se hace de rogar y habla de dos novelas de Rafael Baena, escritor costeño arraigado en Timaná, Boyacá.
“La primera, Tanta sangre vista, 2007, fue un ‘best seller familiar’, como dice el mismo Baena, que le ayudó a perder el pudor. Está ambientada en un territorio imaginario, en el siglo XIX, y cuenta hechos de guerra, incluidos dos o tres espantosos combates, tan bien narrados que al leerlos me quise tapar los ojos”. A lo lejos se oye el infatigable rumor de Medellín, en plena feria. Sigue con lo suyo: “Pero más me gustó la otra, La bala vendida, publicada por Alfaguara en agosto del año pasado. Es la historia de cuatro hermanos, dos hombres y dos mujeres, de la familia Orduz, hacendados santandereanos que viven la inaudita crueldad de la Guerra de los Mil Días, con sus caudillos sin alma y sus matanzas sin fin, entre ellas la batalla de Palonegro, la más bestial de nuestra carnicerías, bestiales como ninguna”.
“¿Otra novela histórica?”, pregunto, descreído. “Sí, pero escrita sin fárragos ni pedanterías”, contesta. “Relatada con depurada cadencia, a veces desde el punto de vista de los machos, Marcial y Vicente, que se descuartizan con otros machos porque sí y porque no, y a veces desde la visión, casi siempre melodiosa, de las hembras, Micaela y Débora, consumidas o revitalizadas por el amor y el deseo”. “Yo quiero”, digo al instante. “Los personajes son verosímiles y entrañables”, dice. “Al igual que sus pensamientos, miedos, alienaciones y desfogues. Baena respeta al lector y le cuenta lo que necesita saber, sin inmiscuirse nunca en la narración, todo un demiurgo”.
Busca algo en su mochila, infaltable. “Fíjate, por ejemplo, en este fragmento sobre Palonegro: ‘Los muertos, que comenzaban a descomponerse bajo la canícula, sumaban su podredumbre a la de los cadáveres de las jornada anteriores, pues combatiendo de día y de noche era imposible darles sepultura a todos los caídos. Bandadas de gallinazos, tan atiborrados de comida que a duras penas podían emprender vuelo, saltaban de un lado a otro con las alas extendidas y una desfachatez que ofendía. […] eran demasiados. Tantos, que ni las balas de los dos ejércitos hubieran alcanzado para ahuyentarles’. Mejor dicho...”. Isabel suspira. “Para mi gusto”, dice, “sólo le quedó faltando una cosa: contarnos qué pasó con Débora Orduz y el doctor Julio Aldana. ¿Se emponzoñaron al fin en el folle pagano o se mantuvieron célibes y ajenos?”. “Ah, vos y tu folle”, me quejo. Sonríe, marrullera, y, sin más, me regala La bala vendida. “Pa que se venga conmigo a ver silletas, parcero”.
Rabito de paja: “Al oír el vocablo ‘socialismo’, las beatas se persignan, los campesinos se asustan y los hombres de caudal lo guardan porque se creen amenazados, pensando que se trata de la Comuna y del nihilismo”. Rafael Uribe Uribe: 1904.