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Con licencia para mentir

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Esteban Carlos Mejía
13 de febrero de 2010 - 01:35 a. m.
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ISABEL BARRAGÁN Y YO TOMAMOS tinto a la sombra de un tamarindo en un mall de Medellín. El alma nos duele por cosas etéreas.

“¡Qué batacazo!”, dice. Con una servilleta de papel le seco un par de lágrimas. “Salinger y Tomás Eloy”. El luto la hace ver hermosa y sexy. “Salinger era un vidente”, digo. Y me refiero no a las extravagancias de su personalidad (el enclaustramiento, el odio a la fama, su manía por muchachas) sino a la exquisitez de su obra. The catcher in the rye, traducida inexplicablemente como El guardián en el centeno, es una novela esencial, inmaculada, mejor que un milagro. “Y sus otros libros”, me interrumpe mi amiga, “son aún superiores”.

En Levantad, carpinteros, la viga maestra y Seymour: una introducción cuenta la vida de los Glass, esa familia imaginaria que, gracias a su maestría y sabiduría, representa a casi todas las familias norteamericanas. Isabel repite de memoria los nombres de los siete hermanos: Seymour, Buddy, Boo Boo, los gemelos Walt y Waker, Franny y Zooey. “¿Cuál te gusta más?”, me pregunta, aún llorosita. Voy a decirle que Seymour, el ambiguo e inteligente Seymour, pero de pronto me acuerdo del narrador de las historias y cambio de opinión. “Buddy”, digo. “Sí… la más apremiante de las pasiones en el más sensible de los estilos. Para Buddy, escribir no era una profesión sino una religión”.

“Buddy Glass es el verdadero sucedáneo de J. D. Salinger, no Holden Caulfield”, digo con cautela. Isabel no se sorprende. “A mi juicio, Franny y Zooey es su creación más perfecta”, dice. Saca su libreta Moleskine, de profesora de Literaturas Subterráneas y Extraterrestres, y lee una cita del mismísimo J. D.: “La única preocupación del artista es aspirar a alguna clase de perfección, y según sus propias condiciones, no las de cualquier otro”. Se le escapa un suspiro: “Ojalá le hiciéramos más caso”. Me dan ganas de volverle a limpiar las lágrimas pero no hay más servilletas en la mesa.

“¿Y Tomás Eloy Martínez?”, pregunto. “El mejor novelista político de América Latina”, dice con énfasis y nos ponemos a hablar de La novela de Perón (1989), que, entre otros episodios, relata la matanza de Ezeiza el 20 de junio de 1973. “Es una creación tan rigurosa y convincente que algunos pensaron que no iba a ser capaz de superarla”, dice ella. “Sin embargo, lo hizo, y con creces. Porque Santa Evita (1995) es aún más encantadora y más rotunda”. “La relación del coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig con La Difunta, La Muñeca Grande, La Yegua, Evita Duarte de Perón, Persona, es tan verosímil que uno termina llorando a moco tendido con su tragicomedia”, digo. “Al morir, los profetas con licencia para mentir, como Salinger y Tomás Eloy, se vuelven dioses”, dice Isabel sin pestañear. “Mueren como los demás mortales pero resucitan cada vez que los volvemos a leer”. La frase, aunque rimbombante, nos consuela. “Los muertos, a los muertos”, digo, eso sí, sin mucha convicción.

Rabito de paja. “Lo que hay que tratar de oír siempre en el que se confiesa en público es lo que no confiesa”. Buddy Glass, en Seymour: una introducción.

Rabillo de paja. Gritan las vallas de Uribito: “Andrés Felipe Arias, el del Presidente”. Unos pagan por pecar y otros pecan por la paga.

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