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Esteban Carlos Mejía
14 de noviembre de 2014 - 11:55 p. m.
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Si Ernest Hemingway viviera hoy sería un malandro políticamente incorrecto. Le gustaban vainas que la mayoría detesta, critica o censura.

El boxeo, ay, Dios, con sus sanguinolentos jabs y uppercuts. La pesca en la Gulf Stream. Los safaris en África. Y la tauromaquia, con su zaperoco sadomasoquista entre los que sólo ven al toro y los que sólo ven al torero.

Era feligrés del mojito y el daiquirí en La Bodeguita del Medio o El Floridita, en La Habana yanqui, antes del desembarco de los sargentos del Granma. Se casó cuatro veces y se divorció otras tantas, polígamo imbatible, sin contar sus amoríos con las mujeres más hermosas de la tierra, entre ellas Ava Gardner, tan bonita y excitante como Scarlett Johansson, Natalie Portman y Penélope Cruz juntas y revueltas. Papá Hemingway era un bon vivant, aventurero, díscolo y libertino.

En contraprestación a tal despilfarro de vitalidad, fue un reportero único, el enviado especial por antonomasia. Estuvo en la Guerra Civil española, en la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Popular Prolongada de los comunistas en China: sus crónicas son impecables, al igual que su conocimiento de la política. Para la muestra un comentario sobre “la enfermedad del poder”: “Uno de los primeros síntomas es la desconfianza del político, asociada con la susceptibilidad en todos los asuntos, imposibilidad de aceptar la crítica, creencia en la indispensabilidad y, por consiguiente, en que nada se ha hecho bien hasta que no ha subido al Poder ni se hará mientras no esté en él”, revista Esquire, noviembre de 1935. (Imposible no pensar en el Salgareño, ¡yo qué culpa tengo!)

Lees Por quién doblan las campanas y el alma se te arruga ante el coraje y la crueldad y el amor y la cobardía y el sinsentido del destino, mejor dicho, la condición humana al desnudo. Lees El viejo y el mar y la epopeya del pescador Santiago te revela la cara oculta de la esperanza. Lees Islas en el golfo y la frivolidad mundana de un hombre contrasta con la reciedumbre de ese mismo hombre. Lees Muerte en la tarde o París era una fiesta y revives, sin haberlas vivido, las vicisitudes de los matadores de toros en España y las penurias o alegrías de un escritor en Francia.

Con un estilo conciso, sin almíbar, descarnado, Hemingway hace que sus criaturas florezcan con credibilidad y brillantez. Según su conocida hipótesis, lo que leemos es apenas la punta de un iceberg: “Si un escritor sabe lo suficiente sobre lo que está escribiendo, puede omitir cosas que conoce, y el lector, si el escritor ha escrito con plena verosimilitud, tendrá una sensación muy fuerte de esas cosas, como si el escritor las hubiera mencionado. La dignidad del movimiento de un iceberg se debe a que únicamente una octava parte de él está por encima del agua”. Por eso, sin ninguna vergüenza, propuso “dejar todo a un lado e inventar a partir de lo que conoces”. ¿Adiós a Hemingway? Que otros lo despidan o le den la espalda. Por mi parte, lo seguiré adorando, o sea, leyendo y releyendo.

Rabito: “¡Atrás la reacción! Ahora se está demostrando también, que el pueblo, que se juzgaba subversivo, ignorante, peligroso, es un factor fundamental de la paz pública y una base esencial del orden”. Alfonso López Pumarejo, julio de 1944.

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