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Cuero de culebra

Esteban Carlos Mejía

12 de agosto de 2011 - 06:00 p. m.

Blade Runner, la epopeya futurista de Ridley Scott, estrenada en 1982, transcurre en una ciudad desoladora, una jungla metálica, lluviosa y abismal: Los Ángeles, 2019.

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A veces pienso que esa mítica metrópoli podría ser, sin mucha imaginación, la Bogotá de este 2011, de cataclismos callejeros contra el absurdo del neoliberalismo y la endiosada globalización, de fervores y desuniones sociales, mero pre-Apocalipsis.

Y lo confirmo al leer y ver Cuero de culebra, el primer libro de Gabriel Mejía (Jardín Publicaciones, Bogotá, 2011. www.jardinpublicaciones.com). Es un volumen discreto y elegante, mitad fanzine, mitad bitácora existencial, una breve colección de relatos, epifanías, telegramas o respuestas, escrito todo con fluidez y armonía, con una voz propia e inatajable. Y lleno de dibujos, mordaces y oníricos apuntes a lápiz. El conjunto, textos más ilustraciones, parece efímero, como cualquier obra artística. Es una fugacidad engañosa: debajo de esa liviandad palpita un maremágnum de emociones, una visión apocalíptica sobre una realidad apocalíptica.

Así, por ejemplo, en “La nube negra que nos une”: “Por todas partes se despiertan las pandillas, se encuentran en las esquinas, se amenazan; tienen uniformes negros, chacos, tatuajes de golondrinas y tristeza en sus ojos marchitos, hay perros que los miran, hay infartos y balas de oxígeno, qué maldita crueldad, qué maldito infierno, cuánta desesperación en un solo pedazo de ciudad”. Se siente el desapego: “Subía por la calle 51, impermeable azul chino. Pensaba en una canción de Narcosis. Rompí el bolsillo en el solo de guitarra”. También hay nostalgia, legítima saudade, como en “Tears naturale”, “Aciclovir de 800 mg.” o “Sundown FPS 50”. Y desasosiego (“Las polillas”) o sarcasmo (“Carta al que me rompió la nariz”). Cada palabra es un tacto desamparado a una Bogotá ya casi sin dioses, ya casi sin profetas. El libro tiene algo de pesimismo, innegable. Es el desdén de un exadolescente por las grandes palabras adultas: esperanza, ideales, compromiso. No sé. Como diría Ixca Cienfuegos, el corifeo de La región más transparente, de Carlos Fuentes, (otro apocalipsis, otra metrópoli): “¡Qué le vamos a hacer! Aquí nos tocó”.

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Que Gabriel Mejía siga escribiendo, que siga dibujando. Hago constar una cosa, eso sí: Gabriel Mejía es mi sobrino. Me arrimo a la candela y no me quemo el rabo de paja porque Cuero de culebra es un buen trabajo artístico, un atrevido ejercicio literario, reflejo de una generación que se desvive entre la posesión de los objetos y la ilusión de la nada.

Rabito de paja: “Lo que se necesita hacer y es lícito, noble y hermoso hacer es abrir frente a la escuela intelectualmente estrecha y mezquina, la escuela intelectualmente amplia y generosa; colocar en frente del maestro que dogmatiza por propia o ajena cuenta, al maestro que expone y enseña con probidad y así respeta en el ejercicio del magisterio la conciencia de sus discípulos como la suya propia.” Fidel Cano, editorial de El Espectador, de Medellín, reproducido por El Liberal, de Bogotá, 18 de abril de 1917.

Rabillo de paja: Hey, Bolillos de Colombia, háganle caso a mi abuelita: “A las mujeres no se las toca ni con el pétalo de una rosa”.

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