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“AL FIN NO BAJÉ A LA FINCA”, DICE mi amiga Isabel Barragán, profesora de Literatura Aplicada. “¿Ah, no?”, me alegro, con cierta perversidad. “Fuimos a toros en Cali, Manizales y Cartagena”. Estamos en la cafetería de un supermercado 24 horas en la vía a Las Palmas, al oriente de Medellín, ella comprando jamón serrano y manzanilla, yo buscando café con cafeína, bebida caricaturesca, al parecer. La mañana es de postal (cielo azul, brisa fresca, sol radiante), propicia para su vaporosa vestimenta. “Mi marido sabe mucho de astados”, dice, sin darse cuenta del doble sentido de la frase. Me tiembla la lengua con un chiste, pero me freno a tiempo.
En cambio, digo que una vez vi torear a Santiago Martín, Su Majestad El Viti, y Francisco Rivera Pérez, Paquirri, y Jaime González Sandoval, El Puno. “Eso tuvo que ser antes de que yo naciera”, dice para hacerme rabiar, pues la diferencia de edad es el afrodisíaco de nuestra amistad. “¿Paquirri? Ese era el marido de mi tocaya Isabel Pantoja, la Viuda de España, ¿cierto?”. Se me aguan los ojos. A Paquirri lo cogió un toro en la plaza de Pozoblanco el 26 de septiembre de 1984. Se desangró, hasta morir, en la ambulancia que lo llevaba al hospital. “El relato que escribió Antonio Caballero fue impresionante”, digo. “Por lo general, dice ella, las crónicas de Caballero son mejores que las mismas corridas. Incluso, Dios me proteja, superiores a sus columnas”. Y se ríe, socarrona.
Saca una edición de lujo, en papel biblia y estuche de cartón, de Obras selectas, de Ernest Hemingway, Editorial Planeta, 1975. Abre en Death in the afternoon, la conmovedora elegía sobre las corridas de toros que Hemingway publicó en 1932, hace ya 77 años. Leo al azar: “Es un arte decadente, en todos los aspectos, y, como la mayoría de las cosas decadentes, llega a su máximo desarrollo en el momento de su máxima degeneración, que es el momento presente”. Me interrumpe: “Qué paradoja. Decadente es lo que los críticos no entienden o lo que no coincide con sus creencias”. “Esos sí eran toreros”, digo por mi parte, embobado, ni que los hubiera visto. “Belmonte, Joselito, Chicuelo, Manuel García Maera, Juan Luis de La Rosa, Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Chiquito de la Audiencia, Florentino Ballesteros, que aburría al público con la monotonía de su pureza”.
Sigo leyendo: “La fiesta de los toros no es un deporte, ni mucho menos, sino una tragedia; la gran tragedia de la muerte del toro”. Asiente complacida: “Claro que hay gente que ama a los perros por ser perros, a los caballos por ser caballos y a los gatos por ser gatos”. Me escandalizo: “La tortura, ¡ni arte ni cultura!”. “Ay, no, pues, tan zoofílico, perdón, tan zoólatra. Por mí, mejor: mientras más corridas, más crónicas de Caballero”. Isabel se da una palmada en la frente. “¡Bruta! ¡Las boletas! ¡Este domingo hay toros en La Macarena!”. Y sale, veloz y sexy como siempre. Trago saliva. “¡Olé!”, murmuro, por no quedarme callado.
Rabito de paja. La vez pasada escribí que quería “desternillarme” de risa con las entelequias del neo Inquisidor Ordóñez y el corrector puso “destornillar” en vez de “desternillar”. No le dé miedo, hombre. Tenga fe. Tarde o temprano, todo se sabe.
