HAY UN RUIDO DEMONÍACO: ESTÁN impermeabilizando la oficina de Isabel Barragán, atiborrada de libros, periódicos y papeles. Le brillan los ojos, los senos, todo. Cada vez me parece más hermosa y más sensual. ¿Me estaré enamorando? ¡Dios me libre!
“¿Viste que iban a vetar a Vargas Llosa en Argentina?”. Me explica el caso. “Lo atacan por su posición política, no por su obra literaria. Se niegan a leerlo porque es de derecha. Quieren que sea mamerto, como ellos”. “No todos los mamertos son iguales”, digo. “Cierto, hay unos peores”, dice, implacable. “¿Para ser grande, un escritor obligatoriamente tiene que ser de izquierda? ¿Tiene que ser marxista leninista para que sus libros sean legibles? ¿Antiimperialista para que sus textos sean buenos? Esta contradicción entre obra e ideología, entre literatura y política, es una talanquera a la lectura, un cerrojo a la ficción, un candado maniqueo”.
Los martillazos son atortolantes. Isabel no los siente. “La opinión política de un autor poco o nada tiene que ver con la calidad literaria de su obra”, dice. “Balzac, por ejemplo. Primero apoyó a Napoleón y después fue monárquico legitimista, seguidor de los primogénitos de los Borbones. Pero las 85 novelas de La comedia humana re-crean de modo tan preciso la descomposición del París de principios del siglo XIX que Engels, el otro del Manifiesto Comunista, dijo que había aprendido más “sobre la sociedad burguesa, el capitalismo, etc., leyendo las novelas de Balzac que con el conjunto de los historiadores, economistas e investigadores de estadísticas profesionales de su época”. Y eso que Balzac no ocultaba sus simpatías por Rubempré y Rastignac, arribistas sin escrúpulos”. “Engels no era ningún mamerto”, digo.
Isabel sonríe. “Y Tolstoi. Como dijo Lenin: ‘Por una parte tenemos al genial escritor que no sólo es capaz de trazar un cuadro incomparable de la vida rusa, sino también de reproducir una literatura universal de primer orden. Por otra parte tenemos al terrateniente llevando la corona del mártir en nombre de Cristo’. Tal cual”. Ahora me río yo: “Otro que no era mamerto. Lenin, quiero decir”.
Los cincelazos parecen darle la razón. “Piensa en Álvaro Mutis. Las siete novelas de Maqroll el Gaviero son entrañables metáforas de Colombia y sus gentes, transgresoras y contestatarias por donde se las mire. En política, en cambio, Mutis ‘hubiera querido vivir durante buena parte del reinado de su Muy Católica Majestad el Rey Felipe II’. Cuando le dicen que la monarquía está aniquilada y que no corresponde a los tiempos actuales, contesta que eso es culpa de los tiempos y no de la monarquía. ¿Sí ves?”. “Según tu hipótesis, ¿un escritor puede ser reaccionario en política y revolucionario en literatura?”. “Eso es”. “¿Y los políticos qué?”, digo. “Nadie le reclama a Uribe por su pésimo gusto literario: El duelo del mayoral, El brindis del bohemio, Siquiera se murieron los abuelos y otras ‘poesías’ antioqueñas”. En esas, entra un albañil: “Doctora, hicimos lo que pudimos. Pero, eh, ave María, qué goteritas las suyas”.
Rabito de paja: “El Partido Conservador no conquistará el poder como partido político sino como centro de un movimiento contra-revolucionario”. Silvio Villegas, 1937.