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Del solipsismo y otras malas yerbas

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Esteban Carlos Mejía
12 de febrero de 2011 - 03:00 a. m.
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MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN LLE-ga sin avisar. Quiere que le ayude a teñirse. Entra al baño y con una toalla se cubre los pechos pluscuamperfectos. Cojo una paleta y la tintura, Tiziano o Rembrandt, no sé. Me acuerdo de un poema de José Manuel Arango: “Píntate los senos/ de achiote y negro/ nos amaremos/ en el mediodía amarillo/ como en un desierto/ en la raya del alba,/ como en la frontera de dos reinos”. Pero no: ella quiere que le tiña el pelo, nada más.

“Acabo de leer una de las mejores novelas de la literatura colombiana”, dice. Abro la boca. “Muy Caribe está, del escritor antioqueño Mario Escobar Velásquez”. Sigo con la boca abierta. “Fue su último libro. Lo escribió a los 71 años, una obra final, plena de maestrías y habilidades. Re-crea la conquista española en el golfo de Urabá. Un relato insular, escrito con envidiable solvencia, sin el fárrago de los textos de William Ospina...”. “¿Fárrago?”, digo, atónito. “Sí, ideas desordenadas, inconexas, superfluas”.


En Muy Caribe está (Medellín, Fondo Editorial Universidad Eafit, 1999) conviven los grandes capitanes, Juan de la Cosa, Vasco Núñez de Balboa, Francisco Pizarro, Alonso de Ojeda, Pedrarias Dávila, con sus iniquidades y su valentía. También las aldeas, San Sebastián de Urabá y Santa María la Antigua del Darién, fementidas ciudades del oro y la codicia y el hambre. Más los caciques Tirupí, Panquiaco, Careta y Comogra, que enfrentaron a los invasores sin desmayo. Y Miel, la indígena con la que el narrador ama y goza hasta la saciedad y el sosiego. “Es una novela hermosa, con carácter, capaz de emocionar al lector más frígido”, concluye Isabel, y se anuda la toalla, desarreglada con tanto ajetreo... oral.


¿Por qué entonces no la reconocen como se merece? Digo lo que dice la gente: las editoriales, los críticos y los cocteles están en Bogotá y sus alrededores, Madrid, Buenos Aires, México D.F., y no en Medellín, ombligo del mundo. “Yo creo que a Mario lo jodió el solipsismo”, dice. Dejo de echarle tintura: “¿El qué?”. Hace una mueca y me endosa la definición del todopoderoso Diccionario de la Real Academia Española: “forma radical de subjetivismo según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo”. “Él era montaraz, las relaciones públicas le importaban un culo y los demás escritores, casi siempre, le parecían unos pendejos. Sólo le interesaba escribir”. Me quedo callado.


“En Antioquia todos han sido solipsistas”, dice, compungida. “Tomás Carrasquilla, por cumbres y cañadas. Manuel Mejía Vallejo, igual, entre boñigas, tangos y campeches. Fernando Vallejo, pese a desplantes y altisonancias, no hace más que mirarse el ombligo. Hasta tú, Mejía, eres solipsista”. “Ah, no, conmigo si no te metás, yo lo que soy es un cusumbo solo”, digo, espantado por la andanada. “¿Será una maldición o qué?”. “¡Qué más maldición que Antioquia!”, exclama Isabel y se mira triunfante en el espejo de mi baño, empañado por los vapores forestales de la henna.


 


Rabito de paja: “El segundo apellido de los escritores de provincia, incluida Bogotá, es Rencor”: Roberto Rubiano Vargas, 2010.


Rabillo de paja: “Las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden”: Rafael Núñez, 1885.


 

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