Ya casi es un tópico decir que Colombia es un país desmemoriado. ¿Por qué? Nadie sabe. O nadie se acuerda, dicho sin sarcasmo. Por eso, cada intento de hacer memoria es justo y necesario.
En julio del año pasado, el Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación editó ¡Basta ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad, que describe con neutralidad la violencia desde 1958 hasta nuestros días: un documento trascendental y lancinante. En la misma línea, el Centro de Estudios en Periodismo (Ceper) de la Universidad de los Andes, bajo el sello Debate, publicó en noviembre Diario del conflicto. De Las Delicias a La Habana (1996-2013), de Jorge Cardona, editor general de El Espectador. Es un libro de no ficción que se lee como obra de ficción, acaso una macabra novela cuyas costuras llevan la crudeza de los hechos y lo irreversible de la historia. Cardona, con probada destreza periodística, repasa a ojo de águila los acontecimientos más resonantes y angustiosos de estos 17 años, desde la toma guerrillera de la base militar de Las Delicias, en las selvas del Putumayo (28 militares muertos, 16 heridos y 60 secuestrados), hasta los inicios de los diálogos de paz en La Habana.
Es una revisión exhaustiva, dolor tras dolor, enfocada, sobre todo, en las víctimas del secuestro, familias desamparadas en la burda cotidianidad de la política y la brutalidad de la guerra. Como dijera en septiembre de 2006 el asesinado diputado del Valle Juan Carlos Narváez, “el secuestro no es un paseo, es lodo espeso que embadurna hasta los tuétanos. A veces pienso que no sé quiénes son más infames, si los que nos secuestran o los que nos olvidan” (pág. 121). En 1990, Francisco Mosquera, fundador del Moir, había advertido: “Por configurar una de las fechorías más abominables, el secuestro, podríamos decir, ha sido repudiado en todas las latitudes. No hay causa, noble o vil, que lo justifique. Desgraciadamente, este instrumento tan exclusivo de la delincuencia común pasó a constituirse en parte integrante de la táctica de las guerrillas colombianas y, a través de ellas, en el símbolo de la lucha seudorrevolucionaria”.
La memoria no alcanzaría para evocar a todas las víctimas. “Pero —dice Jorge Cardona— será necesaria si realmente se quiere pasar por esta cruenta página de la historia. Ya es hora de que las nuevas generaciones emprendan otro camino”. En la última página, abrumado por tanto dolor y tanta desesperanza, trata de consolarse (y consolarnos): “Es cuestión de fe creer en que el secuestro va a dejar de ser una amenaza”. Ojalá sea así.
Rabito de paja: Al buen pagador no le duelen prendas. Dije que el capataz Uribe sacaría de 8 a 10 senadores. Me equivoqué: parece que va a sacar 19. Me faltó realismo político. Pensé con el deseo... Con el deseo de un país menos sonámbulo, menos vengativo, menos sanguinario.
Rabillo: Eso sí, a pesar de triquiñuelas, zancadillas y ninguneos, ganaron mis candidatos: Jorge Enrique Robledo (Senado, Polo - Moir, 191.910 votos) y Rodrigo Saldarriaga (Cámara Antioquia, Polo - Moir, 21.713 votos). También salió Germán Navas Talero (Cámara Bogotá, Polo, 45.396 votos). Les viene una dura pero honrosa tarea: defender la producción nacional, el trabajo, la soberanía y la democracia.