NADA SE SABE DE JUAN ROA SIERRA. Mejor dicho, casi nada, apenas unos folios en el expediente del asesinato de Gaitán, caudillo de Dios por la gracia del pueblo, testimonios breves y, a veces, anodinos de los pocos seres que coexistieron con él.
¿Quiénes? Su mamá, doña Encarnación, que declaró con candor: “era más bien desobediente y le gustaba seguir su propia voluntad”. Sus hermanos: Luis Alberto, Eduardo, Manuel Vicente, Rafael Rosendo. Su mujer, María de Jesús Forero de Salamanca: “Recuerdo perfectamente que el 28 de octubre de 1944 Juan Roa Sierra se quedó en mi casa y ya hizo uso carnal de mí”. Johan Umland Gert, profesor quiromántico de la Antigua y Mística Orden Rosae Crucis (Amorc), confidente y, digamos, amigo leal. Pocas almas caritativas en la vida, pasión y muerte de este hombrecito.
Arturo Alape, en El Bogotazo, y Herbert “Tico” Braun, en Mataron a Gaitán, cosecharon casi todo lo que valía la pena recopilar sobre el 9 de abril de 1948, desde los antecedentes políticos y sociales hasta la mortandad y los incendios. Y José Antonio Osorio Lizarazo, con inusual destreza, narró la ira y la violencia de tan aciaga jornada en El día del odio. Otras novelas y otros autores han abordado el asunto, no sin desigual fortuna. Lo más conmovedor que he leído, sin embargo, es El crimen del siglo, de Miguel Torres (Bogotá, Seix Barral, 2006, 352 (espléndidas) páginas).
En vez de centrarse en la personalidad de Gaitán, la víctima, la novela fija su atención en el victimario, el sombrío y gelatinoso Roa Sierra. A falta de rastros historiográficos verificables, Miguel Torres, taumaturgo de La Candelaria, se inventa un Roa Sierra densamente humano, ambiguo, verosímil de principio a fin, un muchacho desmadejado por el miedo y la pobreza y la desolación, al que uno, sin querer, llega a... querer. Párrafo a párrafo, rogué para que no matara a Gaitán. Imploré para que, por azar de la ficción, escapara vivo de los cajetazos de los lustrabotas. Deseé que volviera a hacer “uso carnal” de su hermosa mujer. Anhelé que abrazara a su hijita Magdalena. Pero no, el remolino del texto me arrastró al infeliz desenlace que todos conocemos.
Lo decisivo en literatura no es el qué sino el cómo. Miguel Torres sobresale con creces en el intrincado arte de escribir. Con habilidad de dramaturgo, esculca las oquedades del alma humana y las recrea de manera sutil y convincente. Su estilo lírico y altivo tiene una cierta divina indiferencia, como corresponde a un buen narrador omnisciente. Y cada personaje, desde Tribeca hasta El Pote, brilla con luz propia. Igual que las escalofriantes frases finales: “Y todos lo arrastran como se arrastra una res sacrificada, todavía palpitante, sin dejar de golpearlo, en la cara, en las piernas, en el estómago, con palos, con piedras, con zapatos, sin dejar de punzar su carne adormecida con chuzos, con navajas, con varillas, echándole su vaho de muerte encima, sus gritos de dolor, sus sollozos, sus lágrimas”.
Por su originalidad, belleza, riqueza y armonía, El crimen del siglo es una de las mejores obras de la literatura colombiana contemporánea. ¡Larga vida!
Rabito de paja: “Si los bandidos hablaran, saltarían en átomos muchos prestigios políticos de quienes condenan el delito pero apelan a sus autores. ¡Es monstruoso jugar así con Colombia!”: Monseñor Germán Guzmán Campos, 1962.
Rabillo de paja: Medellín: 335 años, tan vieja y tan pendeja.