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En diciembre de 2005 Mondadori editó El oro y la oscuridad, de Alberto Salcedo Ramos, conmovedora crónica sobre Antonio Cervantes, Kid Pambelé, campeón de campeones. Casi cuatro años después, en agosto de 2009, el autor monteriano Joseph Avski (seudónimo de José Manuel Palacios) ganó el Concurso de la Cámara de Comercio de Medellín con la novela El corazón del escorpión, menos de 100 páginas sobre la vida de Milton Olivella, un boxeador sospechosamente parecido a Kid Pambelé.
Los jurados fueron Juan Gustavo Cobo Borda, Iván Thaÿs y Marianne Ponsford, directora de Arcadia, separata de la revista Semana. Hace poco Alfaguara iba a lanzar una nueva edición pero se abstuvo a último momento. ¿Por qué?
Al menos 20 páginas de El corazón del escorpión son copiadas, fusiladas o plagiadas de El oro y la oscuridad. Amparado dizque en un “juego intertextual”, Avski involucró a Salcedo como personaje del libro pero sin advertir cuándo lo copia literalmente. Y a la truculencia agregó una chocarrería: en la dedicatoria le dio “gracias a Alberto Salcedo Ramos que sin saber, escribió parte de esta novela”.
Es un asunto reprochable, aunque Marianne no piensa así. Con citas a granel, desde Foucault hasta Barthes, pasando por Borges, justificó el plagio. Sin comparar los dos textos, omitió lo esencial: las comillas. Avski no usa comillas, ni angulares, también llamadas latinas o españolas (« »), ni inglesas (“ ”), ni simples (‘ ’), ni negrillas o cursivas. Ni guiños, ni una señita, nada que dé a entender cuáles partes no son propias sino extraídas de una obra ajena. Ni siquiera una definición de “intertexto”. Apenas una sibilina nota en la que, sin mayor complique, admite su fechoría: “A veces es sólo una oración en medio de un párrafo, en otras ocasiones varios párrafos son un pastiche de la crónica de Salcedo Ramos”, en donde “pastiche”, como enseña el DRAE, es “imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente”.
Marianne tiende a defender lo indefendible. Cierta vez, por ejemplo, entrevistó a Harold Alvarado Tenorio, que se la pasa despotricando contra la gente que odia, teme o envidia. A ella esos insultos le parecieron un “parpadeo de verdad”. Juzguen ustedes: Piedad Bonnett escribe “poemitas güevones”; los escritores del Festival de Poesía de Medellín son “unos negros de mierda”; Juan Manuel Roca y William Ospina son “falsarios del plectro y adictos al vil metal”; Héctor Abad Faciolince “ha ganado millones con el fusilamiento de su padre”. ¿Verdades o infamias?
Volvamos al plagio. Marianne dice que el lío se debe a que “dos generaciones se miran a los ojos y es tan grande la distancia que las cosas acaban mal”. Basura. ¡No es cuestión de edad sino de ideas! Dice, además, que Avski es “culto y serio”. A lo mejor. Le convendría, eso sí, ojear la Ortografía o el Panhispánico de dudas de la RAE, no sea que termine copiando, plagiando o fusilando a su madrina, Marianne Ponsford.
Rabito de paja: hoy se cumplen 25 años del asesinato de Héctor Abad Gómez, liberal tolerante y democrático, buscador de la verdad. ¡Su esperanza sigue viva!
