Publicidad

El prestigio de la belleza

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Esteban Carlos Mejía
05 de junio de 2010 - 03:20 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

LA PELUQUERÍA DE ISABEL BARRAgán es un santuario del glamour: muchas las llamadas, pocas las elegidas.

Sólo hay dos clientas: una pelada a la que le están haciendo rayitos y ella, mi entrañable amiga, en plena pedicure. Quiero verle los pies. Se anticipa, chapotea en el agua tibia de la cubeta y las pompas de jabón le suben hasta los tobillos. Estira las piernas dizque para desentumecerse. Son largas, esculturales, bronceadas, melanina pura. ¡Ay, de los fetichistas!

“Qué belleza”, dice, con picardía. No habla de sí misma sino del más reciente libro de Piedad Bonnett, El prestigio de la belleza (Alfaguara, 2010 / 204 páginas). “Es una novelaza”, dice. “Inteligente, fina, sin estridencias argumentales ni experimentaciones superfluas. No sé qué me gusta más, si el tono o el estilo. Bonnett dice que es una ‘autobiografía falsa’, aunque para mí es más una autobiografía apócrifa”. “No veo mucha diferencia, la verdad”, digo. “La percepción de los matices es asunto netamente femenino”, replica con retintín. “Amén”. “Es la historia de una mujer que desde niña se ve sometida a la tortura de saber si es bonita o fea”. Sonrío feliz: “¿Y para qué? Todo mundo sabe que la suerte de la fea, la bonita la desea”. Me mira con desprecio. “Es un relato enternecedor, no melodramático ni lastimero, muy poético, a lo Jane Austen, me parece”. Abro los ojos, en guardia. Miss Jane Austen es una de mis profetisas, virgencita de mi corazón.

En vez de hacer una crítica académica, Isabel se pone a mencionar los temas de la novela que más la impresionaron y los titula, como si fueran pequeños capítulos: “La invisibilidad. La fiebre. Los intestinos. El pecado. El espanto y la fascinación por la muerte. Los relámpagos. Los días de fiesta. La caja de colores. El tesoro de la juventud”. Pego un brinco, emocionado. “Yo aprendí a leer en esa enciclopedia”, digo, sin calcular las consecuencias. “Estás como madurito”. Y sigue: “El papá: emperador, califa, rey de oros. La primera comunión muy lucida. Los espejos. El miedo al avión. El Tablazo. Ciudad Nueva. El idioma francés. El cigarrillo. El azúcar y/o el dulce. ‘Los extravagantes hijos de mi fantasía’. El primer beso”. “¿Cómo fue?”, digo. Isabel saca su libreta Moleskine y lee: “Fue un beso volátil, insignificante, ligeramente desviado del objetivo”. Suelto una carcajada y la otra clienta me mira con curiosidad.

Isabel avanza: “El Duque del mechón rubio sobre la frente. Moby Dick, la blancura de la ballena y la leche. La gastritis. El internado. Sus compañeras: Marita, Amanda y Ketty. Sor Concepción o Irene María. El ‘director espiritual’. El origen psicosomático de la úlcera duodenal. El primer verso propio: ‘Amas hoy lo que ayer habías perdido’. El profesor de Literatura, Tura de Turas. El ‘Qué luna tan hijueputa’ de Amanda. La gordura y la biblioteca. El profesor Gargaritas o Robertorobertoroberto. Agua, ausencia, cardumen”. “¿Qué es eso?”, digo. “¿Cardumen? Pececitos en manada”. “Como los dedos de tus pies”, digo, en otro intento fallido. Isabel no se conmueve. “Una última cosa”, dice, enfática. “El final es magnífico. Léala, a ver si aprende, mi amor”.

Rabito de paja: “Debemos triunfar por el camino de la revolución y no por otro”: Simón Bolívar, alias “Longanizo”, 1816.

 

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.