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El que a cuchillo mata…

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Esteban Carlos Mejía
14 de marzo de 2009 - 04:00 a. m.
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“¿CÓMO HACÉS PARA LEER ASÍ, EN desorden?”, le pregunto a Isabel Barragán. “Me acostumbré desde chiquita”, dice y cruza las piernas.

La minifalda, ya breve, se le encarama un poco más. “Arranco con una obra, paso a otra y luego a otra, de aquí a allá, en un encadenamiento sin fin”. Me hago el sabiondo: “Ajá, las mujeres siempre quieren de lo que no hay”. El piropo le resbala. “Es un saber no sabido que sólo se revela al leer, ¿entiendes?”, dice. “Eso se llama bibliomancia”, le digo, “un arte bastante sibilino, tan fino como el tarot o el I ching”. “Ve, no me había dado cuenta”.

Saca sus lecturas de los últimos días: mera literatura política. Quiero bostezar. Por fortuna, me inspiro y más bien me pongo a hacer un croquis mental de su cuerpo. Ella habla de Todo tiempo pasado fue peor, memorias de Álvaro Delgado, ex dirigente comunista. “Impresionante”, dice y silabea la palabra con énfasis. “Es la verdad amarga de estos mamertos, mayordomos de la revolución colombiana, siempre de rodillas ante Moscú y a zurriagazos con el resto de la izquierda”. Marrullera, me muestra la página 205: “De hecho la Iglesia católica ha cambiado más que los partidos comunistas”. Nos reímos a carcajadas, pero luego nos acordamos de “la fatalidad de la combinación de las formas de lucha” y la alegría se nos esfuma en un santiamén.

“Después seguí con Mis años de guerra, de León Valencia, ex Eln”, dice. Lo abre en la página 44: “…supe, no sin estupor, que podía arriesgar mi vida o segar la de otra persona por una causa que entendía grande y noble”. Quedo atónito. “Supongo que Fidel y Carlos Castaño pensaban igual. Mataron y murieron por una causa que para ellos era grande y noble”, digo. “¿Cómo vamos a salir del atolladero si siempre hay alguien a la izquierda, al centro o a la derecha que propugna o justifica la lucha armada como medio para resolver los conflictos civiles?”. Se desconsuela: “Me leí hasta el último renglón a ver si Valencia rectificaba el disparate. Ni mu. Al final, eso sí, invoca ‘la convicción de paz que nace del dolor’. ¡El cristianismo en armas! Tal cual”.

Sobre sus rodillas bronceadas acomoda A las puertas de El Ubérrimo, de Iván Cepeda y Jorge Rojas. “Es la descripción de una atmósfera macabra”, dice y me hace ver que la mayoría de la información de este libro fue extraída de periódicos muy de la casa, como El Meridiano de Córdoba, cuyo linaje antisubversivo nadie duda. “Los paramilitares cooptaron a la sociedad y, al revés, la sociedad los cooptó”, dice. Luego, a la carrera, me habla de La oligarca rebelde, conversaciones de María Mercedes Araújo con Maureén Maya Sierra, el texto que, por ahora, le pone punto aparte a sus indagaciones sobre un tema inquietante: la fascinación de (casi) todos en Colombia por la crítica de las armas, ¡ay!, como si no existiera el arma de la crítica.

“La próxima vez charlemos de ficción, ¿sí?”, le propongo. Y agrego, sin que una cosa tenga que ver con la otra: “Esa minifalda no deja ver la realidad”. La culpa es de ella por hacerme creer en bibliomancias.

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Rabito de paja: ¿Uribe al Vaticano? Ese huevo, digo, ese Concordato quiere sal.

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