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El que guarda secretos...

Esteban Carlos Mejía

13 de diciembre de 2013 - 03:57 p. m.

Sin proponérmelo descubro el segundo apellido de mi amiga Isabel Barragán. Estamos en El Machetico, célebre para’o de empanadas en la calle 9 de El Poblado, entre taxistas y gentes sin afán. “¿Lalinde? ¿No será más bien La Linda?”.

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 Me pica un ojo y sonríe como una madona colonial, enigmática o candorosa, sexy, bellísima. “Ajá, Isabel Barragán Lalinde, a su mandar”. Y agrega, no sin marrulla: “¿Pa qué soy buena, patrón?” Me pongo colorado, creo. Le pregunto qué está leyendo. Sonríe feliz: “Una novela maravillosa, a la medida de mis gustos, Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez. No la había leído antes por la envidia de unos colegas de la universidad”, dice, mientras le aplica ají a la ¡empanadota! “Dijeron que el autor era un creído de aquí a la luna”. “Mentiras”, digo. “Yo lo conozco y es un bacán”. “Culpa mía, caí en el cuento de que el cantante importa más que la canción. Pero Historia secreta de Costaguana, lo digo con todas las letras, es una novela capital de la literatura colombiana”.

Isabel no puede con más de una empanada. “Costaguana es una república ficticia del escritor polaco Joseph Conrad en su novela Nostromo, de 1904”, explica. “Conrad se inventó a Costaguana y Vásquez, a su vez, se inventó su historia secreta, no otra que la historia de Colombia a finales del siglo 19 y principios del 20, con su sartal de guerras civiles, intrigas, tiranías, traiciones, crímenes y con Panamá, su istmo y la utopía del Canal”. “Mejor sería decir distopía”, aventuro. “Costaguana es trasunto de Colombia”, dice Isabel. “Me encanta la galería de sus personajes, encabezada por el narrador, José Altamirano, hijo bastardo de Miguel Altamirano, el Último Renacentista, y de Antonia de Narváez, ‘que había querido viajar a París […] para leer a Sade en su lengua original’. Charlotte Madinier, ‘la mujer que era un reto para cualquier corpiño’, esposa de José y madre de Eloísa, la adolescente casi sonámbula a la que va dirigido el relato de los secretos de Costaguana. Y además su prosa reluciente, como las aguas del espejo de mar de Colón-Aspinwall, donde transcurren los más solemnes y estrambóticos episodios de la novela”.

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“Mejor te la lees”, concluye, “y compruebas por ti mismo que la envidia es pésima consejera literaria”. “Una cosa es la obra y otra, el autor”, digo. “En este caso, la distinción es anodina: texto y creador son espléndidos”, dice. Caprichosa, como siempre, deja que yo, con mi esmirriada billetera de novelista casi anónimo, pague la cuenta. Suelta una risotada: “Gracias, papi. Me siento en Panamá City”.

Rabito de paja: “El catolicismo es la religión de Colombia, no sólo porque los colombianos la profesan, sino por ser una religión benemérita de la patria y elemento histórico de la nacionalidad, y también porque no puede ser sustituida por otra”. Miguel Antonio Caro. (1843-1909).

Rabillo: Rodrigo Saldarriaga, director del Pequeño Teatro de Medellín, es candidato a la Cámara por el Polo en Antioquia. Hace poco, al pie de Adán y Eva, esculturas de Botero, montado en una carretilla, leyó apartes de El sueño de las escalinatas, de Jorge Zalamea Borda, en honor a los venteros acosados por la alcaldía. Inédita política: ¡versos por votos!

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