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El Ur-fascismo

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Esteban Carlos Mejía
19 de diciembre de 2009 - 02:06 a. m.
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ES VIERNES Y EN LA PLAZOLETA DE comidas del San Fernando Plaza no hay mesa pa’ tanta gente. Por todas partes, ejecutivos y secretarias en bluyines: ¡en Medellín también hay casual day, carajo! En un rincón veo a mi amiga Isabel Barragán, concentrada en su laptop, bronceada y espléndida.

A esta mujer le luce hasta la soledad. Me acerco por detrás y le tapo los ojos con mis manos. Se apresura a olerme las muñecas. ¿Rastrea acaso perfumes de otras brujas? “¡Eres tú, Bancho!”, exclama, gozosa, y me abraza con ganas. No está jugando FarmVille, en Facebook. Por favor. Se está dateando sobre el Ur-fascismo. “¿Ur de Uribe?”, digo. “Es algo peor”, contesta muy seria. Mientras esperamos el almuerzo, me explica de qué se trata la vuelta.

En Cinco escritos morales, una recopilación de ensayos publicada en 1997, Umberto Eco afirma que el fascismo es un totalitarismo fuzzy o difuso, no una ideología monolítica sino, más bien, un collage de ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones. “A ese haz de rasgos típicos lo llama ‘fascismo eterno’ o ‘Ur-fascismo’. No estoy charlando: te lo juro”, dice Isabel, con marrulla a flor de piel. “Ahora bien, muchas de sus características encajan a la perfección con el uribismo. Para empezar, el ‘culto a la acción por la acción’, o sea, la cantaleta de ‘trabajar y trabajar y trabajar’. Si tan siquiera fuera ‘crear y crear y crear’. No, actuar por actuar. Es como si Uribe le tuviera fobia a la inacción, al raciocinio, a la reflexión”. “A lo mejor”, digo con cautela. “Y hay más coincidencias entre el Ur-fascismo y el uribismo. Veamos. El ‘rechazo al pensamiento crítico’, por ejemplo. ¿Te suena? Acuérdate de las pataletas del patrón y sus mandaderos cuando alguien fiscaliza el proceder del régimen. Y el ‘elitismo’, mejor dicho, el desprecio por los débiles”. Soltamos una amarga carcajada. “No hay que rebuscar mucho”, digo. “Plata pa los ricos, plomo pa los pobres”. “Y el ‘principio de guerra permanente’, que entre nosotros se reduce a una patochada de capataz, ‘la culebra sigue viva’, mero antipacifismo para que los réditos de la seguridad democrática duren lo que aguante el conflicto armado”. Isabel frunce el ceño: “Y al ‘populismo cualitativo’ en su versión criolla le dicen ‘Estado de opinión’, esto es, el rechazo a todo aquello que huela a diálogo, debate o consenso”.

“Pero ciertas cosas del Ur-fascismo no se acoplan del todo con el uribismo”, digo, de buena fe. “¿Cómo cuáles?”. “La transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales…”. “¡Estás loco! ¿Y qué tal la majadería esa de dejar el ‘gustico’ para después? ¿O piensa en el uso y abuso de una neolengua?”. “¿Qué es eso?”, pregunto, intrigado. “Léxico pobre y sintaxis elemental en cada discurso oficial”, dice Isabel. “Ah, ya. Ubérrimo, hecatombe, encrucijada del alma, inteligencia superior”. Nos llega, por fin, el turno del almuerzo. Recojo par de bandejas paisas, es casual day, no les digo. “Esta vez no hablamos nada de literatura”, le hago ver, a manera de constancia. “Ajá. Es que a mí en Navidad se me salen todos los demonios”, me responde, enigmática, y apaga el computador.

Rabito de paja: “Sentimos el ruido subterráneo de un cambio, de un gran movimiento de estructuras”: Jorge Gaitán Durán, 1959.

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