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Rabo de paja
Cada vez que llega una Feria del Libro, yo no pienso en las toneladas de papel impreso que atiborran pabellones, galerías o auditorios. Para mí, Gutenberg me perdone, son más importantes los lectores que los libros. Lectores y lectoras, para darles gusto por esta única vez a l@s generistas del lenguaje.
Sí, lectores y lectoras por miles, decenas de miles. Grandes y chiquitos. Criaturas bonitas o insípidas. Ricuritas así, de rechupete. Solemnes y juguetones. Mediocres o risueños. Ricos y pobres. Con gafas, con paraguas, con bufandas. En minifalda, en bluyines, en sudaderas de colegio. De saco y corbata. O desgualetados, según decían las señoras acá en Medallo. Enamorados o sórdidos. Escépticos ante la boñiga ajena, valga la escatología de Ernest Hemingway: “Un escritor sólo debe confiar en su propio detector de mierda”, axioma que cualquier lector admitirá complacido.
Esbeltas muchachas, exvírgenes o bisexuales, con el sex appeal a flor de piel. Adustos profesores de teología o de religión. Creyentes en las ciencias más ocultas, o sea, las menos dudosas, y también en las más transparentes, es decir, las menos crédulas. Estudiosos de civilizaciones milenarias, ya refundidas en la oscuridad de los tiempos. Analistas de microcosmos en fuga. Vagos, perezosos, inútiles, desparchados, cabizbajos por las angustias de Papá Goriot o aterrorizados ante las hogueras de libros en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Pensadores sin censura, filósofos de cafetería, abstemios de supermercado. Apasionados y cariñosos, amartelados de ternura como los protagonistas de Si una noche de invierno un viajero, la inmarcesible novela del aún más inmarcesible Italo Calvino. Lectores y lectoras.
Niños con la cicatriz de Harry Potter todavía fresca en sus cerebros. Mamás que adormecen a sus bebés, ay, mi amor, mientras leen y oyen un libro de nanas y arrullos. Jovencitas displicentes, de espaldas a los promotores de lecturas, seguras de sí mismas, a la caza de tesoros soñados o perdidos en la pubertad. Cuchas y cuchos, hipermétropes, nictálopes o zahoríes, echándoles ojo a joyas prohibidas en su juventud, Las 120 jornadas de Sodoma, del infame marqués, o Memorias, de Giacomo Casanova.
Maestras y maestros en paro, leyendo sus reivindicaciones en manifiestos casi sesquicentenarios. Ingenieros, dos senadores de la República, taxistas, copilotos sin rumbo, novelistas, porteros de edificios, negociantes, cuentistas, gerentes o subgerentes, médicos, callcentristas, poetas, trabajadores de todos los trabajos, en fin, desocupados lectores y desocupadas lectoras. Omnívoros y omnívoras. Caníbales de letras. ¿Qué sería de la Filbo sin ustedes?
Rabito de paja: “Las grandes culturas sociales no son aquellas que producen un grupo de hombres ilustrados y se agotan luego, extenuadas por el esfuerzo. Son aquellas en que la masa cobra todo su valor, ejerce sus derechos, entiende sus deberes y discute sus problemas”, Alfonso López Pumarejo, 1937.
Rabillo: “Si la guerra es buen negocio, invierte a tus hijos / Llévalos al frente a asesinar a sus hermanos / Con una medalla te podrás lavar las manos”. En 1968, una canción de Los Speakers, bisabuelitos del rock en Colombia.
Rabico: Al paso que vamos, muy pronto Medellín será la capital nacional de gringos en chancleta.
