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Eterna parranda eterna

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Esteban Carlos Mejía
17 de junio de 2011 - 11:00 p. m.
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LA ETERNA PARRANDA, DE ALBER-to Salcedo Ramos, está escrito con la envidiable fluidez de los grandes contadores de historias. Las palabras vuelan sin tropiezo, los relatos se arman como túnicas inconsútiles, las vainas son dichas sin disonancias.

Al azar escogí cuatro crónicas. La eterna parranda de Diomedes narra la vida de un espantapájaros. “Entre lo sublime y lo grotesco”, relata las gracias y desgracias del “rapsoda del pueblo, el turpial que mejor trina, el chivo que más mea, el gallo que alborota el corral”, desde su arranque como vendedor de guineos hasta el libertinaje y la decadencia. Diomedes Díaz canta para “corregir y, por tanto, curar”. Es también un semental que en 30 años se habría acostado con unas 2.160 mujeres, mal contadas, casi todas caseteras, meras groupies vallenatas. No sabe cuántos hijos tiene. ¿15, 22, 28? ¿Tal vez 50? ¿63? Elvira Maestre, Mamá Vila, su madre, lo defiende: “No son más de 26”, aunque él siempre ha soñado con tener... 100.

Un domingo en San Basilio de Palenque nos pasea por las intimidades de este pueblo cimarrón, en donde el tambor “fue raíz y alfabeto, tierra y voz”. Las verdades de mi madre, es ejemplar: transforma una anécdota personal en un espléndido fogonazo de amor y sinceridad. En El fútbol de Las Regias se derrocha alegría. Es la historia de un equipo de travestis caleños que quieren ir a un Campeonato Mundial de Fútbol Gay. No son maricas ni locas, pues “marica es el que le presta plata a otro y loca es la que anda sucia por las calles tirándole piedras a la gente”. La Madison, La Ñaña, La Britney, La Cuto y Melissa Williams juegan por joder la vida. Se ríen de sí mismos, y eso los salva. Pierden tres a cero contra un equipo de mujeres: Salcedo Ramos se queja con desazón. “Ay, mijito”, le replica La Ñaña, “golean a la selección de los machos, no nos van a golear a nosotros, que somos unas completas locas”. No es mamagallismo: es la cruda realidad, vista y modulada por un cronista implacable e impecable, capaz de conectarse hasta la médula con sus personajes gracias a la curiosidad y al respeto que siente por las personas que los inspiran.

¿Quiénes son sus profetas? Héctor Rojas. Luis Tejada. Gay Talese. Norman Mailer. El tránsfuga Tom Wolfe, que cambió el “nuevo periodismo” por la novela. Y Truman Capote, con cuyo látigo se inició en las mañas de la escritura. Para mí, sin embargo, sus maestros son otros, los juglares vallenatos. Como Rosendo Rosero, el de esa Fantasía que Salcedo Ramos canta con el corazón en la mano: “Ese que escribe versos / repletos de verano / estando en primavera / ese soy yo. / Y esa linda camelia / que se quedó sin alma / que no comprende nada / eres sin duda tú”.

Ya es un lugar común decir que Salcedo Ramos es cronista de cronistas. Agregaría, a riesgo de quedarme corto, que él cuenta mejor lo que otros cuentan bien.

Rabito de paja: “Será un libro para leer en el tranvía; para entretener los ratos ociosos de las muchachas inteligentes”. Luis Tejada, Libro de crónicas. 1924.

Rabillo de paja: “He defendido a mi patria y a mi pueblo, y ahora me defiendo yo”. ¿Uribe? No. Ratko Mladic, el verdugo de Srebrenica.

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