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Hambre y sed de lectura

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Esteban Carlos Mejía
08 de mayo de 2010 - 02:58 a. m.
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MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN TIENE 33 años pero a veces se comporta como una nena maleducada de 25… o de 17.

No saluda, desprecia la silla que le ofrecen y se sienta en el suelo, impúdica, con las piernas cruzadas en posición de loto. La falda se le arremanga hasta más arriba de la mitad de los muslos: ¡qué desespero! “Me encanta volver al pasado”, dice con picardía. Estamos en un colegio de señoritas, la Normal Antioqueña, en el barrio Buenos Aires, al oriente de Medellín. La cuentista Sandra Castrillón, la editora Doris Aguirre y yo vamos a charlar de literatura con un centenar de estudiantes de 10° y 11°. La atmósfera es festiva y descomplicada. Nuestra anfitriona, la profesora Paula Martínez, me advierte con sigilo que las muchachas están leyendo a escondidas mi novela I love you putamente. Me pongo más contento que poeta nadaísta.

La tertulia arranca de pronto y una ráfaga de opiniones, inteligentes y sensibles, me obliga a concentrarme. Busco a Isabel con la mirada. Está en primera fila y en vez de prestar atención a lo que decimos, se pone a mandarme mensajes de texto desde su nuevo smartphone. El primer msj me desconcierta: “Siéntate bien”. Y me lo dice ella, sentada en la postura más distractora del mundo. Trato de ignorarla. Otro sms: “Repórtate, Mejillón”. Mejillón soy yo, creo. Las alumnas quieren saber qué deben leer. “Diles que lean lo que les dé la gana”, dice Isabel, vía celular. Eso hago, pobre de mí, y sin querer me veo envuelto en un rifirrafe sobre arepas con quesito y filetes de salmón. Son códigos propios de esta antigua academia. Arepa con quesito es, por ejemplo, Stephanie Meyer y su saga Crepúsculo y filetes de salmón son Borges, Cortázar, Rulfo o García Márquez. Un sms me encalambra: “Hazles entender que, a veces, leer es mejor que follar”.

Salgo bien librado del debate. No puedo escapar, en cambio, a los cuestionamientos existenciales de estas culicagadas. ¿Por qué escribe? ¿Para qué? ¿Sus libros van más allá de sí mismos? Isabel las disculpa con otro msj: “Es que tienen hambre y sed de lectura. Háblales de la biblomancia”. Me inspiro y les predico con entusiasmo sobre la inigualable experiencia de leer al azar, ir de un libro de cuentos a una novela de espionaje, de J. M. Coetzee a Cormac McCarthy, de António Lobo Antunes a Walter Mosley, de Alba Lucía Ángel a Héctor Rojas Herazo. No hablo de Kafka ni de Joyce ni de Faulkner, aunque debería. Se me escapa, eso sí, un apellido letal: Lacan. ¡Ay, ay, ay! Por fin, no sin rodeos, acabo mi perorata.

“¿Cómo te sentiste?”, me pregunta Isabel, aún vía sms. Respondo con una frase de Augusto Monterroso: “Siempre encuentro difícil dar respuestas para ser publicadas, pues, o tiendo a bromear, y entonces quedo como frívolo, o me pongo serio, y quedo como un tonto”. Isabel me premia con su mejor sonrisa y, marrullera, descruza las piernas dizque para arreglarse la faldita. Me manda un último mensaje: “tmams 1 kf?” Le contesto “mñn a ls 5” y me voy a firmar autógrafos, esa es la gracia de ser escritor.

Rabito de paja. “La oligarquía es la concentración del poder total en un pequeño grupo que labora para su propio interés, a espaldas del resto de la comunidad”. Jorge Eliécer Gaitán, circa 1945.

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