Leer novelas históricas es una dicha. El alma se impregna de sucesos y emociones pretéritas, sin retorno ni redención.
¿Qué es una novela histórica? Hace ya más de sesenta años, el crítico argentino Enrique Anderson Imbert inventó una definición, simple y complicada a la vez, casi tautológica, ante la que me inclino reverente: “Llamamos ‘novelas históricas’ a las que cuentan una acción ocurrida en una época anterior a la del novelista”. Abundan en América Latina. Seymour Menton alcanzó a clasificar 367 entre 1949 y 1992, o sea, ocho y media por año (y nos enojamos cuando nos dicen exagerados). En Colombia la cifra puede ser peor. No las he leído todas, válgame Dios. Yo leo por placer, no por obligación.
Menciono algunas al azar. Tanta sangre vista, de Rafael Baena: elegante lienzo sobre las guerras civiles del siglo XIX. La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor: compleja y estremecedora recreación de la esclavitud en el siglo XVII. Muy Caribe está, de Mario Escobar Velásquez: selvática, recursiva, impecable. La tejedora de coronas, de Germán Espinosa: iluminada y erudita. El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez: el viaje de Simón Bolívar hacia su última esperanza. El crimen del siglo y El incendio de abril, de Miguel Torres: vívida y hermosísima conmemoración del 9 de abril de 1948. Historia secreta de Costaguana, de Juan Gabriel Vásquez: el espejo detrás del espejo de Joseph Conrad en Panamá. Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos, de William Ospina: farragosas, mamertas, repetitivas, reiterativas (la redundancia es a propósito). Amores sin tregua, de María Cristina Restrepo: sensitiva reinvención de la vida, pasión y muerte del caudillo liberal Pascual Bravo. La marca de España, de Enrique Serrano: fina, sutil, casi etérea divagación sobre la vida de esa península llamada Iberia.
Después de esta larga retahíla de gustos y disgustos (un solo disgusto, eso sí) llego al cogollo. Acabo de leer dos veces seguidas una novela histórica extraordinaria (suprimo la palabra “histórica” y digo una novela extraordinaria): Tríptico de la infamia, de Pablo Montoya (Literatura Random House, Bogotá, 2014). Es una obra insular, atípica, excepcional. Distante de la Barrancabermeja en que nació y aún más lejos del Envigado donde vive, Montoya ha creado una inmaculada polifonía sobre tres pintores europeos del siglo XVI, unidos por el horror ante la violencia, el latrocinio y la bestialidad humana. Tres vidas, tres visiones, tres poéticas. Le Moyne, cartógrafo y pintor de Diepa, que vino a América “para pintar y no para enturbiar sus días con la sangre de los otros”. Dubois, pintor de Amiens, “inobjetablemente oscuro”, cuya tabla La matanza de San Bartolomé es testimonio del fanatismo religioso. Y De Bry, editor de Lieja, que grabó con impresionante crudeza el genocidio español de los pueblos indígenas de América. Escrito con exquisitez, musicalidad y lirismo, este Tríptico, en su concisión, es equiparable a Bomarzo, el legendario y sin igual mosaico de Manuel Mujica Lainez sobre el duque Pier Francesco Orsini, “contrahecho, cínico e intrigante”.
Nadie me ha pedido mi opinión, y por eso mismo la doy: Tríptico de la infamia es la mejor obra literaria de 2014 en Colombia. De lejos, sin duda.