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La crepería está casi vacía. MI amiga Isabel Barragán duda entre una ensalada vegetariana y una sopa de zapallo.
“¿Estás a dieta o qué?”, le pregunto, mordaz. “Respete, guache”, me contesta, y se decide por rollitos de salmón ahumado con rúgula, queso crema, cebolla, aguacate y vegetales frescos. “Amo lo crujiente”. En la mesa hay un montón de libros, caos tan provocativo como ella, exquisita en la luz del mediodía. Riña de gatos. Madrid 1936, novela, Eduardo Mendoza. La vida secreta de los perros infieles, novela, Fernando Cruz Kronfly. Ese silencio, novela, Roberto Burgos Cantor. “¿Sólo lees novelas?”, me intrigo. “Sigo tus consejos al pie de la letra y por eso siempre leo lo que me da la p... gana”.
La mesera quita los libros y sirve las bebidas, jugo de maracuyá para ella, cerveza negra para mí. “Acabo de leer El amante de Janis Joplin, de tu carnal Élmer Mendoza”, dice. “Me dio pesar que no saliera Édgar El Zurdo Mendieta”. Le explico que es un libro de antes, de 2001, cuando Mendoza no había creado aún a su policía estrella. “Ese man es un teso para sublimar el habla popular”, dice. “Lo hace con una gracia única, sin remilgos ni temores. Sus diálogos son tan nítidos que no importa si uno no ha oído nunca cómo hablan en Culiacán y Sinaloa”. “Tema clave en su lectura de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua en abril de 2012”, le digo. “Cómo volver literatura lo que apenas es sonsonete callejero”. “En mi mesita de noche tengo su más reciente novela, El misterio de la orquídea calavera”, dice, y se besa la punta de los dedos en señal de gozo anticipado.
Los rollitos de salmón ahumado llegan junto con mi ensalada mediterránea. Se me burla en la cara. “Pareces un vegano vergonzante”, comenta y añade: “Ahora estoy leyendo La Reina del Sur, de Arturo Pérez-Reverte, el carnal de tu carnal”. Me pongo contento: “¡Ah, la historia de Teresa Mendoza Chávez!”. “Pérez-Reverte es un narrador a la enésima potencia. Sabe contar las cosas con agilidad, inspiración, exactitud e inteligencia. Esta novela mezcla averiguación con invención, seres de carne y hueso con criaturas literarias, ficción con realidad. A cabalidad. No sin destreza, sus atmósferas van de México a Marruecos, de Altata a Gibraltar”. Le hago una confesión: “Cuando la leí, yo me enamoré de Teresa Mendoza, a sabiendas de que era la morra de un narco, güey”. Isabel pasa por alto mi desliz. “Alguna vez leí que Pérez-Reverte aprendió a narrar en El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas”. “Y en Los tres mosqueteros”, agrego. “¿Ya leíste El francotirador paciente, su última novela?”. “¡Ufff!”, digo. “Está inspirada en Banksy, ese grafitero sin rostro que hace bellas artes en plazas y calles”. Sonrío: “Pérez-Reverte también es académico. De la Real Española, ni más ni menos”.
Se queda callada, con un pedazo de salmón en el tenedor. “Tebitan, ¿sabes qué? Me gusta mucho charlar de literatura contigo”, dice, ensoñadora. “Es mejor que hablar de política”, acepto de buena gana. “Ay, sí, qué pereza. La literatura une, la política divide”, afirma. “Divide y reinarás”.
Rabito de paja: “La paz me asusta más que la guerra. Y con esto le doy una idea de lo que no digo ni puedo decir”. Simón Bolívar, alias El Libertador, en carta a Pedro Gual, 1821.
