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La ficción puede con todo

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Esteban Carlos Mejía
06 de junio de 2009 - 02:18 a. m.
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“¿CÓMO TE ATREVISTE A DECIR QUE Holden Caulfield es divertidísimo?”. Isabel Barragán me atisba furiosa. “Ni que fuera un sujeto frívolo”, dice. “Tan solo insinué que era entretenido”, me defiendo. “Peor aún, eso es de vendedor de videojuegos, ¿no te da vergüenza?”. Sus ojos verde botella relampaguean con fiereza. No se me ocurre nada.

Tiene una minifalda de tela de bluyín, mínima, por no decir ínfima, y una camisetica multicolor con una torre Eiffel estampada entre… punta y punta, lo más travieso de este mundo. Le paso un cheesecake, exquisito, eufórico, hecho por el Choco, un amigo de uno de mis hijos. Ni así. Está iracunda.

“Holden es un ser descalabrado”, dice. “Nadie lo entiende, ni lo respeta, ni lo escucha. Todos, desde los taxistas de New York hasta Maurice, ese repulsivo botones del Edmont Hotel, lo menosprecian o lo ningunean”. Me atrevo a proponer una explicación: “Es que le tienen miedo”. “Sí, claro”, se encoge de hombros. Hago un recuento (imperfecto) de su comportamiento inconexo y disparatado. “No le hace caso a Mr. Spencer, alma bendita, que lo quería como a un hijo”, digo. “En el tren se burla de Mrs. Morrow, una señora divina, mamá de un compañero. Y para no ir más lejos, incluso trata mal a Sally Hayes, dizque el amor de su vida”. Isabel se inclina hacia mí y las puntas de la torre Eiffel me atormentan con voluptuosidad. “¡Qué muchachito pa poner problema!”, digo, a ver si se relaja. “Tú te debiste haber leído un The catcher in the rye distinto al que yo leí”, contesta, y a la réplica agrega la injuria: “A lo mejor es culpa de las traducciones franquistas o posfranquistas que abundan en tu biblioteca”. Está furibunda, sin remisión, y todo por culpa de un malentendido, por obra y gracia de un espantapájaros que sólo existe en la ilusión de la lectura. Es la ficción: el misterio de su poder nos subyuga hasta devanarnos los sesos.

Peleamos otro rato. Holden Caulfield, en verdad, vale la pena. Es uno de los grandes personajes de la literatura del siglo 20, fecunda en grandes criaturas. Desde Hans Castorp hasta Pedro Páramo. Desde el Robert Jordan de Hemingway, hasta la Elizabeth Costello de Coetzee. Desde el coronel Aureliano Buendía de García Márquez, hasta la santa Evita de Tomás Eloy Martínez. “Extravagante, heterodoxo, rebelde, una pesadilla”, digo. Isabel me hace fo: “Y lo peor, Carlos Esteban, es que ni siquiera lo relacionaste con el ser más entrañable de la novela…”. No se da cuenta de que me ha invertido el nombre, maldita sea. “¿Quién?”, pregunto, irritado. “Phoebe, la hermanita de Holden. Ella es la mano invisible de la obra, el verdadero guardián en el centeno, su esencia más recóndita. Es mi ídolo”. Por un momento creo que se ha calmado. “El mío es Salinger”, digo, “es decir… el nuestro”. Me mira, repelente. “¿Usted cree que me va a comprar con baratijas?”, dice, mejor dicho, gruñe, y se sacude las migas de postre que le han caído sobre (las redondeces de) la torre Eiffel, Dios bendiga a su constructor.

Rabito de paja: “Nos encontramos al borde del abismo, o mejor aún, en la cima de un volcán que puede entrar pronto en erupción”: Simón Bolívar, alias “El Venezolano”, en carta a Pedro Gual, año 1821. Repito: ¡1821!

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