¡Quién creyera! resultó más difícil hacerle oposición a Santos que a Uribe.
Porque Santos es el neoliberalismo con buenos modales, mantra incluido. Bastan dos ejemplos. Con el Tratado de Libre Comercio, EE. UU. nos dictará lo que debemos producir, distribuir y consumir: alitas de pollo, maíz a lo Monsanto, arroz, leche, res o cerdo. “Las transnacionales vienen por todo, por la lana, por el telar y por la que teje”. ¡Ni riesgos de que nos vaya bien con este TLC!
Medoro Resources, Drummond, Glencore, Ventana Gold Corporation, o cualquiera sea el alias que usen estos piratas, se están apropiando de nuestra minería con el beneplácito de la Unidad Nacional. Regalías insignificantes, atropellos a trabajadores, persecución a mineros informales, evasión de impuestos. Y todo con urbanidad de Carreño.
Con Uribe la vaina era más obvia. Sus tres huevitos podridos (la seguridad seudodemocrática, la desconfianza inversionista y la cohesión antisocial) fueron impuestos a la berraca: falsos positivos, chuzadas del DAS, exenciones a compañías extranjeras, cambios en las jornadas de trabajo, corrupción, maniqueísmo. Fuera de unos pocos lambones, la oposición aguantó con dignidad.
¿Y hoy en día? La derecha —encarnada por Uribe, con mediocridad intelectual, torpeza ideológica y egotismo político— está empeñada en desacreditar a Santos por su manejo del conflicto armado. Lo acusan de oportunista y pusilánime. Insisten en que su comandancia desmoraliza a las tropas. Le gritan “idiota útil” por su diplomacia con Hugo Chávez y Rafael Correa. Algunos siguen al capataz, creyéndolo aún el redentor del pueblo, a contrapelo de las evidencias. A Colombia le fascinan los matachines. ¿O si no por qué tantos Tirofijo, tantos Castaño, tantos Mono Jojoy, tantos Mancuso?
El Polo —con precario sentido autocrítico, dividido, reducido en las urnas, ninguneado por los grandes medios, arraigado a un ideario de unidad que más parece un catálogo de buenas intenciones que un proyecto realizable— no la tiene fácil. Quizás su mejor opción sea lanzarse a la calle, a las marchas estudiantiles, a las movilizaciones obreras, a las luchas campesinas por la soberanía agraria. Pero esa vinculación no ha de ser simbólica ni de mera solidaridad. El Polo debe orientar y guiar la resistencia civil al neoliberalismo y al Consenso de Washington. Sólo así, haciendo honor a su pasado popular, podrá mitigar, al menos parcialmente, el daño que la guerrilla le ha hecho a la izquierda democrática. ¿A quién en sus cabales le gustaría un gobierno de Timochenko? Mientras haya Farc, con su extremismo y sus métodos copiados del hampa, la izquierda no avanzará, se estancará en unos miles de votos y verá cómo el espacio de la oposición es copado por la derecha, la del falso mesías, la del neoliberalismo sin buenos modales. Tocará aguardar. Ya se sabe, la esperanza es lo último que se pierde.
Rabito de paja: “La guerra, sobre todo la guerra entre hermanos (y toda guerra, mijito, siempre será entre hermanos), es siempre, siempre, estupidez y sufrimiento. Y lo verdaderamente horrible de todo eso es que nos deja sin saber cómo debemos hacer las cosas ni cuándo debemos hacerlas”: Héctor Rojas Herazo. Celia se pudre. 1986.