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La pájara pinta y el verde limón

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Esteban Carlos Mejía
10 de abril de 2010 - 04:39 a. m.
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ESTOY EN LA ESQUINA DE UN PUEBLO de tierra caliente viendo pasar la procesión de la Virgen de la Soledad.

Por la calle empedrada van decenas de mujeres en silencio, descalzas, con velones y faroles, vestidas de luto. Todas. Hasta mi amiga Isabel Barragán que se ha puesto un traje de lino, muy negro, muy lúgubre. La espalda al desnudo, eso sí. No aprende. “Por machista le pegaron su buen regaño”, me dice, de pronto. Hago el chiste de siempre: “Soy machista de buena voluntad”. Inútil: no hay nada más complicado que hablar de feminismo. “Una cosa es el sexo y otra, el género”, digo, a ver si se relaja. Nada. “Se puso a hablar de novelas políticas colombianas y se le olvidó la menos convencional, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Alba Lucía Ángel”, dice. “Mea culpa”, digo, en latín. “O mejor, mea Cuba, como decía Caín, Cabrera Infante”. “No se haga el gracioso, que no le queda”.

Da un paso adelante y pienso que se va a unir a la procesión. “¡Qué repelón le dio Ricardo Bada en la página web de El Espectador! Y él sí sabe de qué está hablando”. Agacho la cabeza. Dice: “En 1975, Estaba la pájara pinta… ganó la Bienal de Novela de la fundación Vivencias. Un jurado de cinco machos le dio el premio, imagínese, no eran como usted. Es una novela insular, superior, muy superior a otras aclamadas por el marketing”. Mientras me cuenta algunas de sus particularidades, las mujeres pasan delante de nosotros, cabizbajas y calladas. Sólo se oye el rumor de sus pies descalzos… y un regaetón que sale de los bafles de una heladería.

A partir de la vida de Ana, una niña rica de Pereira, la novela recrea casi veinte años de historia colombiana, desde 1948 hasta 1967. “Arranca con el asesinato de Gaitán, el 9 de abril”, dice. “No lo ficcionaliza sino que lo cuenta en la voz de varios protagonistas, Joaquín Estrada Monsalve, Carlos Lleras Restrepo, Berta Hernández de Ospina, una licencia literaria que, paradójicamente, hace que la realidad parezca ficción”. Hay más intertextos así. Una declaración escrita de Teófilo Rojas, alias Chispas, guerrillero y bandolero de los años 60. La historia de los Araque, fundadores de Pereira, atinada saga de la colonización antioqueña. El golpe militar del Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, al que en la novela llaman Gabriel Muñoz Sastoque. La matanza de estudiantes el 8 y 9 de junio de 1954, en Bogotá, a manos del Batallón Colombia, recién llegado de la guerra de Corea. La muerte del Che Guevara, en octubre de 1967, que tanto influyó en la extrema izquierda de este país. “Y todo narrado con pericia, desenfado y un tono provocador ya irrecuperable”, dice Isabel. “La voy a releer”, digo. “Más le vale: no sea que lo vuelvan a regañar en público”.

Rabito de paja: Teófilo Rojas, Chispas, tenía 13 años y 6 meses de escuela cuando se fue pa’l monte. Con monseñor Germán Guzmán, coautor de La Violencia en Colombia, tuvo este diálogo: “—¿Qué fue lo que más te impresionó? —Ver arder las casas. / —¿Qué te hizo sufrir más? —Mi mamá y mis hermanitos llorando de hambre en el monte. / —¿Te han herido? —Cinco balazos, todos con fusil. / —¿Qué quieres? —Que si me dejan quieto, yo trabajo. Quiero aprender a leer. Pero no quieren sino matarme. A yo no me dejan vivir”.

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