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21 May 2022 - 5:30 a. m.

Leer antes de votar

A una semana de elecciones los oráculos de moralina en las emisoras FM empiezan a regurgitar que los colombianos debemos hacer una pausa para reflexionar o meditar sobre los programas de los candidatos, analizarlos con la mente puesta en el bien de la patria —o en su refundación, si es el caso— y decidirnos a votar por la continuidad o el continuismo del statu quo u orden establecido. Allá ustedes: yo jamás les hago caso. Prefiero leer. Aquí van tres recomendaciones aleatorias o salvajes, desinhibidas o tibias, radicales o menstruantes…

Primero lo primero. ¿De veras quieren pensar en esta patria llena de duras razones? Entonces lean o relean Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Es una novela inmarcesible, o sea, inmarchitable. Nada la marchita, nadie la mancha. Cada párrafo es más colosal, hermoso e inspirador que el anterior. Cada página es un acto de levitación. Sus criaturas fantásticas nunca alcanzan a materializarse del todo, siempre en un estado de exquisita nubosidad. Úrsula Iguarán; Rebeca; Remedios, la bella; Amaranta: mujeres de fuego. Y los machos, víctimas de la antisororidad del patriarcado, forzados a la sempiterna repetición del absurdo.

La segunda recomendación es menos etérea. Gracias a Álvaro Castillo Granada, (e)lector de libros en San Librario, hace poco conocí a Jim Thompson, niñato de Oklahoma, letraherido, arrinconado por el alcohol y la gente de bien. Hijo de un sheriff corrupto, para redimir ese pasado Thompson se volvió novelista policíaco desarraigado, feroz, áspero. Su novela Pop. 1.280 (1.280 almas) es un clásico de la literatura contemporánea de Estados Unidos, país que lo trató como a una plasta a pesar del talento y la gracia de sus escritos.

Con goce pagano leí Libertad condicional (Ediciones B, septiembre de 1988), una de las cuatro novelas que Thompson escribió en el año de gracia de 1953. Narrada en primera persona, es la semilaberíntica historia del convicto Patrick M. Cosgrove: sale de la cárcel gracias a la mediación de un presunto médico siquiatra, trabaja para él en un cargo de papel, se enamora de una belleza fuera de lo común y termina denunciando la corrupción en Capital City, territorio ficticio de inocultable coincidencia con la realidad.

La última sugerencia para leer antes de votar es un libro de mi terruño, esta Antioquia católica, mezquinoide y lancinante. Se llama Juana la enterradora, de John Saldarriaga (Ediciones UNAULA, octubre de 2021). Es una obra para cavilar en muertos o camposantos, sobre todo en el Cementerio de Envigado. Novela hecha a punta de cuentos, unidos con mansedumbre por voces casi de ultratumba. John va del realismo más crudo a la incredulidad menos dogmática. Se craneó un personaje cuasimítico, una mujer a la que las malas lenguas le dicen Juana la enterradora porque, a falta de una, enviudó cinco veces en esta vida. Yo, que soy o que fui seudomasoquista, gocé hasta el ensueño con esta lectura iconoclasta, irreverente, asintomática.

Se los digo sin ningún reato de conciencia: leer ficciones es mejor que votar.

Rabito: “Los hombres de la expedición se sintieron abrumados por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio, anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites humeantes y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras doradas”. Gabriel García Márquez. Cien años de soledad. 1967.

@EstebanCarlosM

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