MI AMIGA ISABEL BARRAGÁN ME llama por celular y, al rompe, me pregunta si nunca he tenido una crisis sentimental. Gagueo, la verdad. “Yo sí”, dice ella. “Y duele como un berraco”.
Quedamos de vernos en un café terraza junto al Museo de Antioquia. Aunque está lánguida, su belleza resplandece en la tarde soleada. Apenas nos instalamos, se larga a despotricar contra lo humano y lo divino. “En este país todos quieren ser iguales: tener lo mismo, hacer lo mismo, parecer lo mismo, ser lo mismo. Las mismas sandalias, los mismos bluyines con rotos en las rodillas o a mitad de los muslos, los mismos morrales, las mismas camisetas, la misma forma de pintarse las uñas. ¡Qué desespero! Es la victoria de lo uniforme, de lo patético, de lo monótono”.
Le pido una cerveza. La rechaza con gesto amargo. “Nadie quiere cambiar. Todos quieren lo mismo. El mismo goce carnal, la misma lujuria atrofiada, las mismas quimeras, la misma barriga llena, el mismo corazón contento. Fíjate en esos zombies, por ejemplo”. Señala a los peatones que se pasean por entre las gordas de Botero. “Todos con las mismas miradas ausentes o felinas, los mismos roces disimulados o fratricidas”. La miro, asustado. “Nadie quiere pensar distinto, nadie quiere ser distinto. Todos quieren hacer la misma fila. ¡Hasta los que se salen del clóset, taconean con los mismos tacones!”
Se decide por un capuchino y sigue sin parar: “En todas partes lo mismo de lo mismo: las mismas poses, los mismos tópicos, las mismas quejas. En literatura, el mismo afán por nada, la trama por la trama, el caldo sin carne, la carne sin sazón. En televisión, las mismas putitas de la mafia, los mismos capos, el mismo lumpen. En música, los mismos raticos, las mismas camisas negras, la misma fritanga. En economía, las mismas pérdidas socializadas, las mismas ganancias privatizadas. Y en política, la misma inseguridad democrática, la misma desconfianza inversionista, la misma cohesión antisocial. Mejor dicho, ¡el infierno, pues!”
“¿Últimamente te has mirado a un espejo?”, le digo, para confrontarla. “¿Acaso me estás queriendo decir que no me arrime a la candela?” “Ajá”. “Es que todo es la misma bulla, la misma libido del consumo, el mismo subdesarrollo, la misma mezquindad de espíritu”. De repente, sus ojos verde botella se han humedecido. “Estoy jarta y jarta y jarta”, dice, bañada en llanto. “Por favor, no vayas a pensar que soy una histérica…” “Un poquito, eso sí”, digo, sin medir mis palabras. Me arrepiento al instante. “Para no enloquecerte, piensa en el solipsismo”, sugiero no sin cautela. “¿El qué?” “El solipsismo, mero egoísmo extremo”. “¿Mirarse el ombligo?”, replica con incredulidad. Me encojo de hombros: “¿Por qué no?”, digo. Y, afligido por penas más hondas que las de ella, agrego: “Mi mundo es mi mundo y el tuyo es el tuyo”. No sonríe pero al menos se seca las lágrimas.
Rabito de paja. “Por lo demás, en medio de las vicisitudes de la vida presente, vivamos, como nos lo manda San Pablo, usando de los bienes terrenos como si no los tuviéramos, y, pronto, grandes y pequeños, pobres y ricos, obreros y patrones, nos encontraremos felices en el cielo”. Monseñor Rafael María Carrasquilla, abril de 1920.