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LA REPÚBLICA DE BOREALIA OCUPA la parte septentrional de Isla Mayor, en el archipiélago de Las Armánicas, océano Pacífico, frente a las costas de Centroamérica, “en unas coordenadas cuya precisión ofendería la inteligencia de cualquier geógrafo”.
Comparte los 94.706 kilómetros cuadrados de la ínsula con el enclave británico de New Settland y con la República de Armanía, de la que se separó en 1980, tras tormentosos rifirrafes en los que, ¡oh, Fortuna!, corrió más tinta que sangre. “Si existe una Australia en las antípodas, ha de haber en algún punto de nuestro hemisferio una Borealia… Siempre estaremos al norte de algo. Siempre seremos el sueño del norte para los que están al sur. Para la republiqueta decadente de la cual nos zafamos”, dijo con sarcasmo uno de sus fundadores. Borealia, obvio, es un territorio fantástico, en el que vive, entre ambigüedades y coitos homosexuales, Nicolás Antela, protagonista de Mártires del deseo (Transeúnte Editor / Fondo Editorial Ateneo Porfirio Barba Jacob), la más reciente novela de César Alzate Vargas, un escritor medellinense que se las trae… o se las lleva, Dios proveerá.
Narrada con vertiginosa pulcritud, la novela cuenta las peripecias del amor de un artista (David Estévez) por un efebo (Felipe Barreto), en donde “artista” quiere decir “hombre destinado al ensalzamiento de las musas” y “efebo” significa “adolescente de belleza afeminada”, definiciones que, en un par de jugosas y entretenidas notas de pie de página, el autor desentraña para delicia de lectores avezados y escarnio de mojigatos tardíos. Rebosante de explícitas escenas homosexuales —que nos adiestran con desparpajo sobre libertinajes y desenfrenos—, cada página del libro está impregnada de un romanticismo extremo y conmovedor, ese que sólo se alcanza después de sobrepasar los linderos del cuerpo y explorar los goces espirituales del erotismo. Para la muestra este breve pero emblemático diálogo entre los dos enamorados: “—¿Qué es para ti hacer el amor? / Cualquier cosa que yo haga contigo es hacer el amor” (pág. 334). Vale, ¿cierto?
Al leerla, no pude dejar de pensar en la inocencia de Un beso de Dick, del malogrado Fernando Molano Vargas, y en la crudeza de El fuego secreto y Los caminos a Roma, de Fernando Vallejo. Sólo que Mártires del deseo no es exclusivamente una novela de amores y desamores escatológicos. Tampoco es una cavilación geopolítica de cosecha posmoderna. Ni una módica mimesis de la realidad. Es más, muchísimo más. Es una obra pensada, construida y escrita con perspicacia, complejidad argumental y textual, originalidad y sex appeal, atributos que la transfiguran en una novela insular en la literatura colombiana contemporánea. Una novela virtuosa, aun con sus excesos. Como las del marqués de Sade.
Rabito de paja. “Nuestro enemigo es la clase rica, nuestros enemigos reales son los inicuos opresores, los endurecidos monopolistas, los agiotistas protervos. ¿Por qué esa guerra de los ricos contra nosotros? Porque ya han visto que hay quien tome la causa de los oprimidos, de los sacrificados, de los infelices; […] porque temen que los pueblos desengañados y exacerbados griten al fin como deben hacerlo y lo harán un día no muy lejano: ¡abajo los de arriba!”: Joaquín Pablo “El Alacrán” Posada, 1849.
