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Me le como hasta el raspao

Esteban Carlos Mejía

06 de noviembre de 2008 - 08:13 p. m.

DICEN QUE TODO TIEMPO PASADO fue mejor. ¿Será? Piensen en los exámenes o pruebas de conocimiento. Eran impenetrables, espesos, aburridos. En cambio, el más reciente examen de admisión de la Universidad de Antioquia es una franca delicia.

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El texto arranca así: “Antes de que tres misioneros capuchinos fueran engullidos por un tigre, unos habitantes del Putumayo les evitaron ese posible horror y se adelantaron a consumirlos. La noticia corrió. Corrió mucho más rápido que los misioneros. Y llegó a España, de donde eran los sacerdotes merendados”.

Allí vivía el filósofo Fernando González, cónsul en Bilbao, al que aborda un reportero, espantado por la suerte de los reverendos capuchinos. González se declara confundido: “Nunca pensé que mis compatriotas tuvieran que volver a comer viandas innobles, alimentos fétidos… ¡nunca!”. Y a renglón seguido admite, sin faltar a la verdad, que en su niñez fue antropófago. Ensalza la carne de infante, “tierna, delicada y de mucho alimento”. Sugiere no comer niños de pecho pues por mucho que se les adobe siempre quedan sabiendo a caca. “¡Qué horror, señor Cónsul! Decidnos: ¿habéis comido misionero también?” González hace fo. Es carne “tiesa, acordonada y frondia”. Luego se burla de José Celestino Mutis, que juzga a los nativos como feroces, antropófagos y pederastas. “Lo dice de oídas, porque los putumayos son todo lo que ustedes quieran menos eso último. Mutis oyó decir que se comían a los niños y, como en España comerse a los niños es otra cosa, él, que era naturalista, tomó el rábano por las hojas”.

El periodista se indigna. “¡Creed que no nos sentimos nada orgullosos de haberos descubierto!”. González, impávido, le describe las partes aprovechables de los monjes, pocas por desgracia, pues en su mayoría son hediondas. “Cuando el misionero no sufre del hígado, la lengua es limpia y rosada, se prepara a la vinagreta y es un bocado muy apreciado, especialmente porque quienes la comen resultan hablando el castellano con ce y zeta”. Sirven, además, los ojos y las criadillas, “con las cuales se prepara un caldo de gran fuerza hormonal y tremenda potencia demográfica, llamado el Putu-Putu, o sea, en idioma nativo, el Omnipreñe”. Un laboratorio colombiano las paga “a treinta centavos el juego, a fin de preparar un suero anticonceptivo llamado el Anti-Putu”. Las declaraciones del cónsul terminan por ofender a España, que quiere romper relaciones. El lío se salda con pura malicia criolla: “condecorar después de muertos, con la Cruz de Boyacá en la Categoría de Santos Mártires, creada expreso para tan luctuosa ocasión”, a los tres frailes de “la Vulnerable Comunidad Capuchina”.

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Rabito de paja: Las preguntas, sin embargo, no son moco de pavo. “Una frase que se ajustaría al texto es: a) Cuando no hay solomo de todo como. b) Si como camina cocina, me le como hasta el raspao. c) En la mesa y en el juego se conoce al caballero. d) Barriga llena, corazón contento”. “¡Joder, macho!”, se enojarían los misioneros.

Rabillo de paja :Se podría escoger la d) aunque la a) tampoco está mal. Descartaría la c) porque los putumayos no estaban jugando. Y me arriesgaría por la b). El raspao de la olla, malpensados.

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