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HA PASADO CASI MEDIO SIGLO DESDE cuando apareció La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y sigue tan rozagante como los adolescentes que la protagonizan.
Alberto Fernández Temple es un niño bien, un blanquiñoso de Miraflores, el barrio más pupis de Lima. Estudia en el Colegio Militar Leoncio Prado, bajo absurdas convicciones pedagógicas: gritos, patadas, puños, escupas, burdeles, trasnochos, masturbaciones, sí, los inefables pajazos de cuartel. “Lo que importa en el Ejército es ser bien macho, tener unos huevos de acero. O comes o te comen, no hay más remedio”. Al escondido, escribe cartas de amor y novelitas eróticas que vende a sus compañeros.
Ágil, fuerte, ojos azules y violentos, risa hiriente y súbita, el Jaguar mangonea a su antojo. Decide quién es leal y quién es soplón. No le tiene miedo a nadie: es un héroe. Defiende a sus panas, que antes de conocerlo “temblaban como mujeres”. Les enseña a ser hombres, aunque se tuerzan a la primera.
Hay un sapo, Ricardo Arana. Por su falta de hombría, los leonciopradinos le dicen el Esclavo. Lo malcriaron la mamá y una tía en Chiclayo: lo vestían con ropas de niñas, lo dejaban dormir hasta las 10 de la madrugada. Creció débil, sensiblero, con alma civil, incapaz de aguantar el encierro y los castigos. “Un mariquetas, pues”, dirían en Salgar, Antioquia.
Los tres hombrecitos tienen un guardado en común: su amor por Teresa, una huachafa o mañé, esbelta y de líneas armoniosas, de piel muy morena y bonitos dientes, que los embruja sin remedio. Tímido, el Esclavo calla su delirio. Para Alberto es el chance de no sentirse un privilegiado entre los cadetes, casi todos serranos o negros o gente del pueblo. Y el Jaguar la adora desde niño, en secreto, con relamida ternura, él, el más macho de los machos remachos.
La trama se entreteje con maestría. Vargas Llosa tiene el don de la escritura: su gracia al narrar es incomparable. Las voces —polifonía que jamás se debilita— vibran con soltura, apoyadas en monólogos interiores, a lo Faulkner, o en vigorosos relatos, a lo Dumas. Al promediar el libro, ¡clic!, todo encaja de repente. Porque Vargas Llosa es un fabulador maravilloso, un contador de historias magistral. Sin embargo, como dice Luciano de Samosata, “hay algunos que no ven la rosa pero examinan con atención las espinas del tallo” y lo critican por sus posiciones políticas.
¿Qué ha hecho? Oponerse a las majaderías del coronel golpista en Venezuela. Rechazar el autoritarismo casi analfabeta del violador de hijastras en Nicaragua. Refutar “la doble opresión del dogmatismo pseudorrevolucionario y del espíritu burocrático” de los sargentos de La Habana. Al igual que el anterior Nobel de Literatura en español, Octavio Paz —intelectual de racamandaca—, Vargas Llosa es un demócrata-liberal. ¿Muy horrible? Poquito es mejor que nada. Los grandes escritores perduran por su obra literaria, no por su ideología.
Rabito de paja: “Existe el odio político y es un mal que hay que combatir. Existe también y, angustiosamente, la miseria nacional y hay que combatirla con no menor denuedo y no menor tenacidad”. Eduardo Santos, tío abuelo, 1948.
Rabillo de paja: ¿Y Uribito, qué? ¿Santo de toda santidad?
