Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
LAS LUCES DE LA FARMACIA SON FULminantes: ningún microbio se escurre a su vigilancia.
“¿Será que en Medellín hay mucho cerdo o qué?”, le pregunto a Isabel Barragán, mientras la fila culebrea frente a la taquilla de la droguería. No puedo saber si se ríe: el taparrabos, digo el tapabocas, no le deja ver sus labios elegantes y carnosos.
“¿Qué estás leyendo?”, pregunta con curiosidad. Cojo impulso y le digo la verdad: “A mi edad, releer es mejor que leer. Por eso estoy repasando El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez”. Abre sus ojazos verde botella como si le fuera a echar gotas. “¡Qué casualidad!”, dice, y la voz se le oye gangosa a través de la mascarilla. “No entiendo”, le digo. “Ay, repelota”, se burla, y me muestra los afiches contra la gripa porcina, el cólera de nuestros tiempos.
“Florentino Ariza me parece fascinante”, dice. “No es mi tipo pero maneja su encanto. Tiene calibre, un no sé qué nada escuálido, irresistible más bien”. Le explico que a mí, por el contrario, me encantan sus mujeres —incluida la esquiva Fermina Daza—, esos 622 amores desperdigados que el hombrecito registró en 25 cuadernos durante medio siglo. “Hice la cuenta”, digo, azarado. “Me dio un promedio de 12.4 por año, o sea, una mujer por mes…”. “No está mal”, se carcajea Isabel no sin picardía. “¿Y el doctor Juvenal Urbino?”, le pregunto. “Tampoco es mi tipo, pero la forma como sedujo a Fermina es ejemplar”. Mencionamos otros personajes, Lorenzo Daza, Leona Cassiani, León XII Loayza, Tránsito Ariza, caracterizados con inteligencia en párrafos de inigualable precisión. Después hablamos del tiempo de la acción. “Creo que la novela empieza el 8 de junio de 1930, domingo de Pentecostés”, digo, pues a punta de esclarecer los guiños del narrador, y con la asesoría de miss Google y de un almanaque católico, logré desentrañar la fecha. Isabel quiere llevarme la contraria, mujer es, sexy además. “¿Vos para qué te fijás en tanto detalle?”, se queja. “Yo leo por placer”, le contesto. “¿Y tú?”
Dice, entonces, que la primera esquela que Florentino Ariza le entregó a Fermina Daza la conmovió hasta la médula. “Yo estoy segura de que García Márquez, con lo marrullero que es, escribió las trescientas catorce letras de las cincuenta y ocho palabras de esa carta y las dejó por fuera de la novela para perjudicarnos la vida y quitarnos el sueño a las mujeres que de veras creemos en el amor de los hombres”. “Puede ser”, digo. Y agrego: “Él leyó a Hemingway primero que nosotros y aprendió que hay que ‘dejar todo a un lado e inventar a partir de lo que se conoce’. Sería un regalo de Dios que sacara esa carta del cajón donde la guardó hace ya casi 25 años y la diera a la imprenta. Más de una caería rendida a sus pies”. Isabel me mira contenta y se ciñe bien el tapabocas. “Dios te oiga”, suspira con la nariz tapada.
Rabito de paja: “Los gobiernos fuertes no temen. Son los gobiernos débiles los que de todo se asustan y en todo creen ver amenazada su autoridad”. Miguel Antonio Caro.
Rabillo de paja: Dice Uribe que las fuerzas militares se desmoralizan con las denuncias sobre los falsos positivos. Más se desmoraliza la población civil. ¿O no?
