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LAS PROMESAS DE AÑO NUEVO SON tan ambiguas como algunas damiselas de Hollywood. Amor eterno. Trabajar, trabajar, trabajar. No desear a la mujer (o al hombre) del prójimo. Reinventar la rueda. Esculpir frases inmortales. Hacer lo que no se ha hecho nunca. No volver a hacer lo que siempre se ha hecho. En fin… bagatelas que se lleva el viento.
El año pasado, por ejemplo, yo me hice el propósito de no leer hasta el final las columnas de Fernando Londoño Hoyos. ¡Casi lo logro! ¡Lo juro por esta cruz que redimió al mundo! Fallé en el último suspiro. Culpa mía, sólo mía. Hace poco vi una columna del “Héroe de Invercolsa” y, sin querer queriendo, la leí a fondo. Quedé súpito. Boquiabierto. Torombolino. Sansirolé. Londoño compara (bueno, compara no, asocia, que es peor) a Álvaro Uribe Vélez con Napoleón Bonaparte y Adolf Hitler. Tal cual. Ni más ni menos. ¡Hitler y Napoleón! Y lo hace no para denigrar de ellos sino para rogar que el mesías de Salgar (Antioquia) no cometa los mismos errores que llevaron a la ruina a ese par de déspotas. Sin pudor y sin vergüenza. Tuve que leer la vaina dos veces, a ver si había entendido bien. ¡Napoleón y Hitler! “Leer para creer”, decía Alberto Lleras Camargo. Lo que pasa cuando uno olvida las buenas intenciones de año nuevo.
Tampoco pude cumplir la promesa de creer en la inocencia de Barack Obama. ¿Ingenuidad? ¿Inexperiencia? ¿Idealismo? Obama será negro y demócrata, y lo que quieran, pero ante todo es el jefe de la República Imperial, para usar el oxímoron con el que Octavio Paz se refería a Estados Unidos. ¡República Imperial! Pobre planeta, hasta la coronilla con tanta ilusión, tanta labia desperdiciada, tanto Afganistán, tanto Irak, tanto Premio Nobel, tantas bases en Colombia, siete nomás.
Y en asuntos realmente serios prometí que iba a medírmele al tercer tomo de El hombre sin atributos, de Robert Musil. No fui capaz, los dioses me perdonen. En cambio, sí releí al conde Tolstoi y al buenazo de Roberto Bolaño. Es más, descubrí, no sin asombro, que las raíces de la obra del chileno, ardiente y misteriosa, se hunden en la narrativa de Cormac McCarthy, con Meridiano de sangre y Todos los hermosos caballos, par de novelazas que redimen, de lejos, el presente de la apachurrada literatura norteamericana.
Es hora de hacer la lista de buenos propósitos para el veinte diez, este 2010 que se vislumbra ubérrimo en lontananza, como diría cualquiera de los poetastros que tanto aplauden en los autodenominados consejos comunitarios. Y toca saludarlo con optimismo, alegría y desparpajo, pese a sus contradictorias señales. Para evitarme molestias, esta vez sólo voy a prometer tres cosas, difíciles aunque no imposibles: pensar rápido, moverme despacio, votar bien. Así, el año entrante, no tendré que rasgarme las vestiduras arrepintiéndome de juramentos en vano y de injurias al honor propio.
Rabito de paja. En el falso positivo judicial contra el senador Jorge Enrique Robledo, el procurador Ordóñez se las quiere dar de Savonarola cuando su invalidez ética y moral a duras penas le alcanza para parecerse a Millán Astray, el facho de la Guerra Civil española que gritaba “¡Muera la inteligencia!” cada vez que alguien clamaba por justicia social, bienestar popular y democracia.
