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“ES UNA VERGAJADA QUE SE LA quieren montar a Alonso Salazar”, se enfurrusca mi amiga Isabel Barragán, profesora de literatura aplicada, mientras devora su tercera milhojas.
Estamos en Versalles, el tradicional salón del centro de Medellín, donde pasó parte de mi juventud. Ella tiene chaleco ombliguero y bluyín descaderado, como para quitarle la respiración al más alentado. El marido aún no baja (o no sube) de la finca en Palermo. En la mesa hay moros, empanadas argentinas y chilenas, volovanes, baklavas. Quiero prevenirla: le hablo de los colesteroles, el bueno, el malo y el perverso, de los triglicéridos e, incluso, aunque no le incumbe, le menciono el antígeno específico de próstata. “Ay, no seas aguafiestas”, ríe, feliz, y se zampa un mojicón. “¿Pero cómo hacés para no engordar?”, le pregunto, desconcertado. Se encoge de hombros y el chaleco le deja ver la cinturita bronceada. “Es cuestión de actitud”, contesta, a lo Fito Páez, y sin transición se pone a repasar la obra de Alonso. “Es tan buen cronista que fue capaz de escribir la biografía del asesino y la de su víctima”. Se refiere a La parábola de Pablo, historia del auge y caída del capo Pablo Escobar, y a Profeta en el desierto, Premio Planeta de Periodismo 2003, trabajo mitad lírico mitad épico sobre la vida y muerte de Luis Carlos Galán.
“Parábola es un relato escalofriante, una investigación dispendiosa y profunda, al mejor estilo del ‘nuevo periodismo’ de Tom Wolfe y Gay Talese. Paso a paso narra la espiral de violencia de este hampón al que Antioquia, ¡qué digo!, Colombia entera le derrochaba pleitesía dizque por su inteligencia. ¡Ay de aquellos que confunden astucia con inteligencia!”. Isabel llama al mesero y pide más volovanes. “Profeta es una semblanza entrañable, valiente, conmovedora, un canto a la memoria del caudillo del nuevo liberalismo. Y, además, una lección periodística de pe a pa”.
Le pregunto por No nacimos pa’ semilla, la ópera prima de Alonso. “Ese libro inspiró todo un subgénero, el lumpen realismo”, dice no sin picardía. “Me gusta más Mujeres de fuego, y eso que no soy feminista, sino hembrista de buena voluntad”. “No se te nota para nada, querida”. Le hago ver las diferencias entre Alonso escritor y Alonso gobernante. “En Bogotá juran que es uribista”. “¿Quién dice?”, “José Obdulio”. Isabel hace una mueca de fastidio. “Pobre tipo, casi siempre piensa con el deseo. A mí no se me olvidan las cuñas electorales en las que el presidente Uribe proclamaba que el hombre para Medellín era Lupe, perdón, Luis Pérez Gutiérrez, ese sí uribista hasta la médula, y no precisamente al quince por ciento”. “Algunos se burlan y dicen que Alonso no nació pa’ alcalde”. “Qué va”, responde con desdén. “Le tienen bronca porque es del pueblo, le gusta el guaro y le sobra berraquilina”. “¡Eso, Chavela!”, aprueba el mesero al pasar a nuestro lado y nos encima una última tanda de milhojas.
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Rabito de paja: A propósito, ¿cuál era el epitafio del supuesto capo di tutti capi? “Aquí yace Pablo Emilio Escobar Gaviria, un rey sin corona”.
Rabillo de paja: Un electricista a los pacientes en una sala de cuidados intensivos: “Respiren hondo que voy a cambiar los fusibles”.
