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En cuestiones electorales, me atraen más las ideas que las personas.
Mi voto es ideológico. Por ejemplo, si yo fuera brasileño votaría por el Partido de los Trabajadores y su proyecto de socialismo democrático y sostenible, sin fijarme en que Lula —aunque el Mira me condene— es mocho ni en que Dilma Rousseff —las gorditas me perdonen— está pasada de kilos. Dado otro caso, si yo fuera chileno votaría por el Partido Socialista, más allá del carisma maternal de Michelle Bachelet. Hace cuatro años, voté por el Polo Democrático Alternativo, su ideario de unidad y Carlos Gaviria, el mejor candidato de las izquierdas en la historia. ¿Y ahora?
En el fondo, Santos y Uribe son casi iguales. Uribe negoció el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, cuyas secuelas aún están por sentirse, y Santos lo firmó alegremente, feliz de la moña con las presuntas bienaventuranzas del Consenso de Washington. Uribe recortó los derechos laborales de miles de colombianos, al reducir los recargos por trabajo extra y nocturno, y Santos no ha hecho ni mu por revertir el atropello. Uribe incubó el modelo Carimagua, con Agro Ingreso Seguro, en contra del campesinado y Santos, en la misma línea, se desentendió por completo de nuestra soberanía agrícola, más interesado en la extracción de minerales que en la alimentación del pueblo. Y así. Se diferencian en el talante, según le gustaba decir a Su Excelencia Laureano Eleuterio, padre putativo de la extrema derecha. Santos es rolísimo, ambiguo, remoto, conciliador cuando le toca, displicente casi siempre. Uribe, en cambio, es el típico capataz paisa. Mejor dicho, un mal capataz: a toda hora gritando, regañando, insultando, amenazando, mintiendo, ‘chuzando’, espiando.
Alguien, no sin razón, objetará: “Deje ahí, que Uribe no es candidato”. Cierto. A falta de él, tiene tres infiltrados, tres, como sus huevitos podridos: la seguridad seudodemocrática, la desconfianza inversionista y la cohesión antisocial. Óscariván (sic), el caballo de Troya, es mero regurgitador de las concepciones de Uribe, día y noche de hinojos ante los improperios del mal capataz. Marta Lucía es la yegua de Troya, reaccionaria, ultramontana, también de rodillas, idólatra del falso Mesías. Peñalosa, el potrillo de Troya, complaciente con el neoliberalismo, sólo sueña con que el patrón de Salgar (Antioquia) le vuelva a cargar el megáfono, digo, el megafonito. Entre la Unidad Nacional, la Alianza Verde (¡biche!), el Partido Conservador y el Centro Demoníaco, como Vladdo apoda al falaz Centro Democrático, no hay con quién. ¿Y el Polo? Yo iba a votar por Clara López. Pero, la verdad sea dicha, su pacto con la Unión Patriótica me espantó. ¿No podían haber escogido una propuesta menos mamerta, menos descendiente de las oxidadas consignas del Partido Comunista Colombiano, en especial de aquella que ordena “combinando todas las formas de lucha, ¡venceremos!”?
En consecuencia, votaré en blanco, ida y vuelta, a sabiendas de que el voto en blanco es el menos ideológico de los votos. Paradojas de un elector colombiano en esta coyuntura tan complicada y azarosa. ¡Qué vaina!
Rabito de paja: Cito otra vez al gran Karl Kraus (1874 - 1936): “Si he de escoger el menor de ambos males, no escogeré ninguno”.
